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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 574

—Tu departamento es alquilado, no te ha comprado ni un auto, apenas te da para vivir y te abrió una minúscula floristería. ¿Eso qué significa? ¿Que tienes que trabajar para mantenerte tú sola?

Irene iba a hablar, pero Sandra levantó una mano para detenerla.

—No me vengas con que es por amor. Hoy en día el amor no existe. Por más que lo ames, ¿crees que él te amará a ti? Piensa en qué clase de hombre es.

—Está casado, pero aún así se insinuaba con la cuñada, y por si fuera poco, se acuesta contigo. ¡Es evidente que es un mujeriego y un basura! Cualquier día encuentra a alguien más joven y te desecha. Para entonces habrás perdido tu juventud y no te quedará ni un centavo, ¿qué vas a hacer?

—No olvides que tienes una hermana que mantener. Y ese Godoy no va a hacerse cargo de ella.

—Hazme caso, búscate a otro. Si quieres, le digo a Don Ramiro que te presente a alguien. No nos fijemos en la edad ni en la apariencia, lo único que importa es que sea generoso y no le duela gastar su dinero en ti.

Irene bajó la mirada, acariciando repetidamente el borde de su copa con los dedos mientras murmuraba.

—¿Acaso no hay otra salida que ser la amante de alguien...?

Sandra era mucho más cruda y directa.

—Con tu situación, ¿qué otra salida esperas? Eres una exconvicta por homicidio y tienes a una hermana discapacitada en tu pueblo natal. ¿Qué otra opción tienes?

—Aprovecha que aún eres joven y hermosa. Búscate un millonario, sácale todo el dinero que puedas y ahórralo en secreto. Haz que te compre una casa a tu nombre. Así, si el día de mañana te bota, al menos tendrás dónde caer muerta y no te faltará el pan.

Irene mostró una expresión de profundo dolor.

—No quiero vivir así...

Sandra esbozó una sonrisa cínica.

—¿No quieres vivir así? ¿Y acaso lo que tienes con Galileo Godoy es diferente? Solo te estás engañando a ti misma bajo el falso pretexto del amor. Para Galileo, sigues siendo una más de las chicas del club Cúpula Noir, jamás te verá como a una mujer digna.

El pecho de Irene se oprimió, sintiendo una punzada de agonía.

Las palabras eran crueles, pero ciertas.

Y la verdad casi siempre duele.

De pronto, Sandra le dio un pequeño codazo.

—Oye, ¿esa no es la esposa de Galileo? Ah, no, espera, debería decir su exesposa.

Irene miró hacia la dirección que le señalaba.

En efecto, era Nanette Larco, que miraba a todos lados buscando a alguien.

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