Nanette se acercó a grandes zancadas y apartó al hombre de un empujón.
—¡Camila! ¿Qué demonios estás haciendo?
Camila levantó la vista, entrecerrando los ojos, y tardó unos segundos en reconocerla.
—¡Pero si es Nanette! ¿Qué haces aquí?
—Vine a llevarte a casa.
Camila soltó un par de hipos de borracha.
—¡Aún no he terminado de divertirme! No me voy. Ya que estás aquí, ven, siéntate y diviértete con nosotros.
Luego, se giró hacia los dos hombres que la acompañaban para hacer las presentaciones.
—Les presento... a mi queridísima amiga y mejor confidente, Nanette... ¿A que es muy bonita?
Los dos hombres asintieron, siguiéndole la corriente.
—Preciosa, bellísima, una verdadera diosa.
Nanette no soportaba los halagos superficiales, y el ambiente lleno de humo y ruido le repugnaba.
—Camila, vámonos ya.
Pero Camila hizo oídos sordos.
—Les voy a decir un secreto... No subestimen a mi Nanette. No solo es una cara bonita, ¡es una genio de las computadoras! Diez, no, ¡cien veces mejor que yo!
—¡Ven, Nanette!
Camila agarró el brazo de Nanette y la obligó a sentarse de un tirón.
—Nanette, no seas aguafiestas. Ya que estás aquí, quédate un rato.
Nanette agitó la mano frente a su rostro para disipar el pestilente olor a alcohol y tabaco.
—Basta de juegos. Vámonos a casa, hablaremos de todo allá.
Camila se quedó inmóvil de repente, giró la cabeza y clavó su mirada en Nanette.
—¿Hablar de qué? ¿Qué sabes tú?

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