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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 581

Nanette Larco escuchaba el título de «Vicepresidenta» y, a decir verdad, aún no se acostumbraba del todo.

—Hablaré con ella —dijo finalmente.

—Muy bien, Vicepresidenta Larco —respondió el Director Herrera.

Tras terminar su reporte, el director se dio la vuelta para marcharse.

—Director Herrera —lo llamó Nanette.

—Dígame, Vicepresidenta Larco.

Nanette hizo una pausa de unos segundos.

—Sobre el ascenso...

El Director Herrera esbozó una sonrisa comprensiva.

—Cuando vi su currículum por primera vez, supe de inmediato que usted estaba destinada a cosas grandes. Tenerla trabajando bajo mi mando era un desperdicio de su talento. Aunque usted nunca fue de las que pelean por destacar y siempre me trató con el mayor de los respetos, yo sabía que tarde o temprano terminaría ocupando un puesto superior al mío. Por eso, su ascenso a vicepresidenta no me sorprende en lo absoluto. Es el lugar que le corresponde.

Nanette sonrió, conmovida por sus palabras.

—Gracias. Le pediría de favor que le avise al equipo del departamento de investigación y desarrollo que esta noche la cena corre por mi cuenta. Que se pongan de acuerdo sobre qué se les antoja comer y me avisen.

—Se lo agradeceré en nombre de todos —dijo el director antes de retirarse.

Una vez a solas, Nanette llamó a Iris.

—Por favor, pide café y postres de Sabor Sublime para todos en la oficina.

Sabor Sublime era una de las pastelerías más exclusivas y famosas de San Lirio.

Al escuchar el pedido, Iris sintió un dolor empático por la billetera de su jefa.

—Señori... digo, Vicepresidenta Larco, ¿está segura de que quiere para todos? Eso va a salir carísimo.

Nanette soltó una risita suave.

—Tranquila, todavía me alcanza para darme ese lujo.

Ya cerca de la hora del almuerzo, Nanette pensaba llamar a Camila Mancilla, pero, para su sorpresa, Camila se le adelantó.

Su voz sonaba terriblemente ronca.

—¿Tienes tiempo? Estoy en el restaurante del centro comercial frente a la empresa. Comamos juntas.

Le venía como anillo al dedo.

—Claro, voy para allá —respondió Nanette.

Aprovechando su hora de descanso, cruzó la calle hacia el restaurante. Tras dar el nombre de la reserva, un mesero la guio hasta un reservado.

Camila tenía los ojos hinchados y el rostro demacrado. Al ver a Nanette, forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

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