Esa misma tarde.
Cuando Iris entró para que Nanette firmara unos documentos, aprovechó para soltar la noticia.
—Hace un rato vino Camila. Recogió sus cosas y se fue. Se veía terrible. ¿Pasó algo grave?
Como Nanette no podía contarle la verdad, se limitó a darle una excusa diplomática.
—Tiene algunos problemas personales que resolver.
Iris no insistió.
—Por cierto, los de investigación y desarrollo me dijeron que ya no quieren sushi. Ahora quieren ir a comer comida del sur.
Nanette se sorprendió un poco.
—¿Y eso? ¿Por qué el cambio tan de repente?
—No tengo idea —respondió Iris, encogiéndose de hombros—. Supongo que se les antojó más.
Nanette sonrió levemente.
—Me parece perfecto. Hace mucho que no como comida del sur, ya se me estaba antojando.
Iris le devolvió la sonrisa y salió de la oficina.
Apenas cerró la puerta, se encontró de frente con Venancio Lenso.
—Señor Lenso.
Todos en la empresa sabían que, aunque no era empleado de Nube Alta, era como un hermano para el jefe y el mejor amigo de Nanette. Hasta los guardias de seguridad lo dejaban pasar sin hacer preguntas.
Iris lo trató con el mismo respeto que a un superior.
—Voy a hablar con Nanette un rato. Por favor, que nadie nos interrumpa —le pidió Venancio.
—Entendido.
Venancio abrió la puerta.
Nanette levantó la mirada de sus papeles.
—Pensé que llegarías a primera hora de la mañana.
Venancio, con ojeras marcadas, arrastró la silla frente al escritorio y se dejó caer en ella.
—Yo también quería llegar temprano, pero mi viejo me retuvo.
—¿Tu padre ya sabe que lo de su relación era un teatro?
Venancio dejó escapar un bufido de frustración.
—Lo sabía desde el primer segundo. Ese viejo es un zorro, nada se le escapa.
Nanette frunció el ceño, intrigada.
—¿Y aun así los encerró en una habitación y los hizo comer eso?
Venancio soltó una risa amarga.

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