—La mejor prueba será el informe de paternidad —respondió Remigio—. Mientras estabas inconsciente, di la orden de que nos sacaran sangre para hacer los análisis.
A Nanette todo le seguía pareciendo irreal.
—¿No habrá un error?
—Pedí que hicieran la prueba para que tú te convenzas, no por mí. Desde el primer segundo que te vi, supe que eras mi hija.
Era idéntica a su madre biológica.
Nanette volteó a ver a Sabina Prieto.
—Después de que salieras a buscar a Isaac —le explicó Sabina—, me quedé tan angustiada que recordé que me habías mencionado a un Jefe del Estado Mayor que fue a reclutarte.
—Le di muchísimas vueltas, y creí que pedirle ayuda sería nuestra única salida.
—Pero nunca me imaginé que...
El momento en que se reencontraron, fue como viajar veinte años atrás en el tiempo.
Él ya no era aquel joven inexperto, pero su imponente aura seguía intacta.
El pasado era humo, y encontrarse de nuevo con un viejo conocido desenterraba demasiados sentimientos.
Ver a alguien que pensó jamás volvería a ver en esta vida, fue como presenciar un milagro.
Jamás imaginó que el prestigioso militar fuera el padre biológico de Nanette.
Y mucho menos que fue gracias a Remigio que Quintín pudo solucionar sus problemas y limpiar su nombre.
Sabina soltó una carcajada suave.
—¡Ay, Dios mío! Si hubiera convencido a Quintín de investigar quién lo había ayudado desde las sombras, ustedes dos se habrían reencontrado mucho antes.
—Yo tampoco me lo imaginé. Ese brillante talento tecnológico del que todos en el Mando Militar hablaban sin parar, resultó ser mi propia hija.
La mirada de Sabina se suavizó de ternura y preocupación.
—Esta niña ha soñado toda la vida con encontrar a su verdadero padre. Ahora que te tiene enfrente, le cuesta asimilarlo. Dale un poco de tiempo.

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