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No Ruegues, No Sirve romance Capítulo 141

La habitación del hospital estaba en absoluto silencio. La luz de la luna se filtraba por la ventana y bañaba la figura de German Zamora, acentuando los rasgos profundos de su rostro.

Miró a la mujer en la cama, con un nudo de emociones encontradas en el pecho.

Se inclinó y extendió la mano para limpiar una lágrima de la comisura de sus ojos.

Desde que se había enterado de toda la verdad, sentía que cada vez le costaba más trabajo enfrentarla.

Faltaban menos de diez días para que el periodo de reflexión del divorcio terminara, y la respuesta en su corazón era cada vez más clara.

No quería divorciarse.

No quería hacerlo en absoluto.

Pero no sabía qué hacer.

Había investigado, había buscado la verdad.

La había encontrado, ¿y luego qué?

¿Acaso Julia lo perdonaría y fingiría que nada de esto había pasado?

Como ella misma le había dicho una vez: «German, espero que puedas mantener esa misma confianza para siempre».

Esa confianza que alguna vez tuvo se había desmoronado por completo.

Sin ella, no tenía el más mínimo deseo de poner un pie en esa casa tan fría.

Esa residencia ahora era tan gélida como la antigua Casa Solariega de los Zamora después de la muerte de su madre, tan asfixiante que le quitaba el sueño y el apetito.

Durante sus primeros diecinueve años, tuvo a su madre a su lado. Cuando ella falleció, usó el exceso de trabajo para adormecer el dolor.

Hasta aquel día, fuera del quirófano, cuando esa chica tiró de su manga y le preguntó si podían colaborar juntos, su mundo comenzó a recuperar su color.

Desde que ella pronunció aquel «Acepto», la casa dejó de ser fría y dejó de parecer un modelo de exhibición sin vida.

Hubo flores, peluches, adorables cojines en el sofá, platos de diferentes colores en la alacena, y su armario, que siempre había estado lleno de trajes formales en blanco y negro, se llenó de vestidos de tonos cálidos.

Ella le ayudaba a combinar la ropa que usaría para ir a trabajar todos los días, y le cambiaba el café helado por una taza de leche caliente.

También, al salir de casa, se colgaba de su cuello y le decía con un tono mimado: —Si mi esposo no me da un beso, estaré sin energía todo el día.

Entonces él bajaba la cabeza y le daba un suave beso en los labios, y ella, con el rostro ruborizado, escondía la cabeza en su cuello y le decía que lo esperaría en casa.

Recordaba que siempre había sido muy delicada. Antes, si se cortaba un dedo, se quejaba durante un buen rato.

Capítulo 141 1

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