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No Ruegues, No Sirve romance Capítulo 144

Le puso la copa en las manos a German. —Como dicen por ahí: haces sufrir a tu esposa un rato, y te toca perseguirla hasta el fin del mundo.

—Así que brindemos por el tortuoso camino que te espera para recuperarla.

Santiago chocó su copa contra la de él y se la bebió de un trago.

Al voltear, el hombre a su lado seguía exactamente en la misma posición.

Lo miró e intentó adivinar: —German, ¿no me digas que te vas a echar para atrás con el trago?

Se acercó un poco más. —¿Acaso te asusté tanto con lo que te dije que te puse a llorar?

—¿German? ¿German?

German tenía los ojos fuertemente cerrados, los dientes apretados contra el labio inferior, la respiración agitada y una capa de sudor frío en la frente.

—¿De verdad estás llorando?

Santiago le apartó la mano del rostro y se dio cuenta de que su semblante no era normal; tenía las mejillas ligeramente enrojecidas, pero los labios pálidos como el papel.

Estaba intentando soportar algo con todas sus fuerzas.

—El estómago... me duele.

—¿Qué?

Su voz era tan débil y Santiago ya estaba un poco pasado de copas, así que tardó en entender.

—¡Me duele el estómago!

German prácticamente lo gritó. Santiago se llevó un susto enorme, y la pesadez que sentía en la cabeza desapareció de inmediato, volviendo a la sobriedad.

—El estómago, el estómago, claro.

De repente recordó que su amigo sufría de problemas gástricos.

Su mirada se dirigió a la copa tirada en el suelo; definitivamente había sido por el licor que se había tomado tan rápido.

Se levantó a toda prisa y se puso la chaqueta.

—German, rápido, te llevo al hospital.

Tiró de él para levantarlo. German, quizás por el dolor agudo o porque el alcohol ya le estaba haciendo efecto, se tambaleó.

Santiago se lo echó al hombro, y mientras marcaba en su teléfono, abrió la puerta.

—Traigan el auto a la puerta lateral. Vamos al hospital.

German, incómodo por los tirones, lo empujó con una mano mientras presionaba el botón del ascensor con la otra, sin soltarse el abdomen.

—Estaciénense en la puerta lateral.

Cristián respondió con impotencia: —Porque cuando se desmayó, se golpeó la ceja contra el marco del ascensor. Sangró bastante y tuvieron que darle cuatro puntos.

—Anoche lo trajo el joven Santiago; todavía no se le pasa la borrachera y está durmiendo en la habitación de al lado.

German emitió un suave murmullo de afirmación y se recostó contra el respaldo de la cama, con expresión lúgubre.

—El doctor advirtió que la hemorragia es aguda; las paredes de su estómago ya presentan daño y sangrado. Si no se cuida, podría perforarse el estómago.

—Por eso recomendó que se quedara hospitalizado para el tratamiento.

German miró por la ventana, en silencio.

Cristián lo observó, sintiendo cierta incredulidad ante la situación. —Usted y su esposa sí que son un caso; ella con una lesión en el pulmón, usted con una hemorragia gástrica, y ambos con la cabeza llena de vendas.

Forzó una sonrisa: —Vaya que son un matrimonio en las buenas y en las malas.

Una sola mirada severa de German bastó para que Cristián cerrara la boca de inmediato.

Con el ceño fruncido, preguntó: —¿Hospitalizado?

—¿En qué hospital estamos?

Cristián adivinó sus pensamientos y respondió: —En el Hospital Universitario San Lucas. No se preocupe, el joven Santiago dijo que ya se encargó de todo.

Señaló hacia el otro lado del pasillo: —La señora Julia está en la habitación de enfrente.

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