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No Ruegues, No Sirve romance Capítulo 145

German giró la cabeza, miró hacia la habitación de enfrente y recordó las palabras de Santiago de la noche anterior.

Esa profunda sensación de impotencia volvió a invadirlo.

Con rostro sombrío, volvió a recostarse. —Ve y cierra la puerta. No dejes que Julia se entere de que estoy aquí.

Cristián miró hacia el pasillo y luego a German, un poco confundido.

Sin embargo, hizo lo que le ordenó y cerró la puerta.

¿Acaso el jefe estaba... jugando a hacerse el difícil?

Pero con él entrando y saliendo, y con Santiago en la habitación de al lado, sería muy difícil que no los descubrieran, ¿no?

Al ver que la puerta estaba completamente cerrada, sin dejar ni una rendija, German se dio la vuelta con mala cara y cerró los ojos.

—Por cierto, señor, el médico dijo que todavía no puede comer nada, pero puede tomar un poco de agua tibia.

Nadie respondió.

—Le dejé el agua en la mesita de noche.

Aún sin respuesta.

Cristián intentó tantear el terreno: —Entonces me retiro por ahora, ¿si necesita algo me llama?

Al ver que el hombre en la cama seguía en silencio, supo que estaba de mal humor, así que salió con pasos sigilosos.

Apenas salió, se topó de frente con Santiago Vaca.

Santiago ya se había cambiado de ropa y le hizo un gesto hacia la puerta.

Cristián respondió: —Ya despertó, pero no quiere hablar con nadie.

Santiago suspiró y le hizo un gesto con la mano para despedirlo.

—Espera.

De pronto recordó algo y le advirtió: —Que esto no llegue a oídos de la familia Santana, especialmente a Sofía.

No quería que esa mosca muerta viniera a arruinarlo todo justo en este momento.

Cristián entendió al instante sus intenciones y asintió.

—Entonces lo dejo por ahora, joven Santiago. Tengo que ir a la empresa.

—De acuerdo.

Cuando Santiago entró, German estaba acostado dándole la espalda.

—Vaya, vaya, a ver quién está aquí sin decir una sola palabra.

De hecho, esa habitación ya estaba ocupada por una paciente de unos cincuenta años.

Pero, gracias a que el gran Santiago era apuesto, encantador y seductor, le dedicó un par de sonrisas a la señora llamándola amablemente, y ella generosamente cedió la habitación, logrando así el plan perfecto para German.

—Oye, que sacrifiqué mi atractivo físico para ayudarte; pon un poco de tu parte y no hagas que mi esfuerzo sea en vano.

De pronto, se escucharon ruidos en el pasillo y llamaron a la puerta de la habitación de enfrente.

Santiago espió a través de la pequeña ventanilla de la puerta y vio a un médico bastante apuesto, lo que activó todas sus alarmas de inmediato.

—Oye, es un hombre.

Corrió hacia la puerta y la abrió solo un poco para observar al enemigo.

La puerta de enfrente se abrió y el médico entró en la habitación.

Santiago asomó la cabeza para intentar escuchar de qué hablaban.

Parecía muy sospechoso.

—Oye, de verdad no vas a...

Al voltear, se dio cuenta de que el hombre que estaba en la cama ya se había levantado y estaba parado justo detrás de él, con la mirada clavada en la habitación de enfrente.

Santiago lo vio y bufó: —Y yo que pensaba que no te interesaba, pedazo de hipócrita.

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