Silvana decidió instalarse temporalmente en la casa de su mejor amiga, Valeria Luna. Apenas había desempacado cuando su celular sonó.
Al ver en la pantalla el nombre de «Olivia Cárdenas», sintió que el mundo se le venía encima. Por accidente, rozó el botón de responder y de inmediato estalló el grito desgarrador de la mujer:
—¡Silvana! ¡Tienes que salvar a tu hermano! Se lo llevaron y, si no conseguimos el dinero en tres días, ¡esos matones le van a cortar las manos!
Silvana cerró los ojos, exhausta, y respiró profundo.
—Ya, no tengo dinero.
—¡¿Cómo que no tienes dinero?! ¡Eres la esposa de Leonardo Yáñez! ¡Lo que a ese hombre se le cae de los bolsillos es más que suficiente para que vivas toda tu vida! ¡Escúchame bien, Silvana! Si dejas a tu hermano a su suerte, juro que iré a hacer un escándalo a tu empresa. ¡Le enseñaré a todos tus compañeros la escoria malagradecida que es la gran Señora Yáñez!
Incapaz de soportarlo un segundo más, Silvana cortó la llamada y se desplomó en el sofá, agotada.
Esa era su familia. Parásitos dispuestos a chupar hasta la última gota de su sangre.
Pero ella ya había roto con Leonardo. Él no iba a mover un dedo para ayudarla.
...
Cuando Silvana despertó al día siguiente, ya era mediodía. Al ver las llamadas perdidas en su celular, se despabiló de golpe, se lavó la cara, se vistió a toda prisa y corrió hacia la empresa.
El Proyecto Noah era un trabajo al que le había entregado cuerpo y alma durante meses para ayudar a Leonardo. Estaba a un paso de concretarse, al igual que la entrada de Leonardo a la Junta Directiva.
Todos en la oficina murmuraban que, en cuanto aseguraran a los socios de este proyecto, ella sería ascendida a la vicepresidencia.
Hubo un tiempo en el que Silvana soñaba con estar codo a codo con Leonardo; dejar de ser su subordinada y convertirse en su igual, caminando juntos hacia el éxito.
Pero ahora, todo eso había perdido el sentido.
En cuanto terminara este proyecto, presentaría su renuncia.
Para el puesto de subdirectora, recomendaría a Jimena, quien siempre había sido su mano derecha.
Jimena era graduada de una universidad de élite y, con tres años en el Grupo Aurum Sol, estaba más que capacitada para asumir el cargo.
Apenas Silvana pisó la oficina, Jimena corrió hacia ella con el rostro desencajado por la ansiedad.
—¡Directora Silvana, por fin llega!
Silvana intentó calmarla: —Tranquila, respira. ¿Qué pasó?
Rara vez Jimena perdía los estribos de esa manera. —Es sobre el puesto de la vicepresidencia...
Silvana se quedó paralizada.
Jimena apretó los labios, dudando si hablar, y finalmente negó con la cabeza: —El puesto... se lo dieron a un paracaidista. La persona está en este momento en la oficina del presidente Yáñez.
El corazón de Silvana se desplomó, invadido por un presentimiento nefasto. Con el rostro helado, caminó a paso rápido hacia la oficina de Leonardo.
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: No soy tu señora… soy tu error