El rostro de Leonardo se endureció de inmediato: —Silvana, ¡cuida cómo me hablas! Victoria es perfectamente capaz de asumir este puesto. Tu esfuerzo no será en vano, ¿por qué tanta prisa por llevarte el crédito? Cuando sea el momento adecuado...
Silvana soltó una risa amarga, con un brillo de burla en los ojos: —¿El momento adecuado? Me temo que no llegaré a verlo.
No quería seguir discutiendo. Y menos aún le interesaba averiguar cómo iba avanzando el romance entre Leonardo y Victoria. Lo único que le importaba era que el Proyecto Noah —el sacrificio de Jimena, de ella y de todo el equipo— no se fuera a la basura.
Respiró profundo y miró fijamente a Leonardo, con absoluta seriedad.
—Leonardo, espero que lo pienses bien. Esto afecta los intereses de la empresa, no es un juego para nadie.
La expresión de Leonardo se volvió sombría al extremo: —No necesito que me enseñes cómo dirigir mi empresa. Yo soy el jefe, tú eres la subordinada. Lo único que tienes que hacer con mis órdenes, es acatarlas.
Silvana se quedó en silencio un segundo y luego sonrió levemente.
Tenía razón. Él era el jefe, pero siempre olvidaba un pequeño detalle: ella también era su esposa.
—Ya que nuestras opiniones están tan divididas, seguir discutiendo es una pérdida de tiempo.
Silvana exhaló con calma: —Mi decisión sobre el divorcio es definitiva. Si tienes un espacio en la agenda, vayamos al Registro Civil de una vez. Mientras más rápido hagamos los trámites, mejor; no vaya a ser que surjan contratiempos.
Dicho esto, dio media vuelta y salió sin mirar atrás.
Al ver su figura alejarse con tanta determinación, el corazón de Leonardo sintió un repentino pinchazo de pánico, una punzada fugaz.
Una sensación de impotencia al darse cuenta de que algo se estaba saliendo de su control.
Victoria lo miró con el ceño fruncido: —Leo, entonces...
Leonardo la interrumpió tajante: —Mañana asumes tu puesto.
Victoria negó con la cabeza, fingiendo resignación, mientras en el fondo de sus ojos se asomaba un brillo calculador.
Leonardo volvió a sentarse. Se negaba a creer que Silvana hablaba en serio sobre el divorcio, y tampoco iba a permitirlo.
Silvana se quedó petrificada. Su corazón se hundió. Jamás imaginó que él pudiera perder la cabeza por Victoria hasta ese extremo...
Sin ganas de pelear, recompuso su expresión y acompañó a los socios hacia la salida.
—Señor Ríos, Señor Jiménez, por aquí, por favor.
Mientras bajaban en el ascensor, el celular de Silvana volvió a sonar. Era su madre. Le colgó de inmediato, pero un segundo después, le entró un mensaje de texto:
«¡Estoy abajo en tu empresa! ¡Si no bajas ahora mismo, subo yo y le muestro a todo el mundo la clase de familia que tiene la gran Señora Yáñez!»
Silvana palideció de golpe y su pulso se aceleró. Miró nerviosa hacia los socios.
Si Olivia de verdad se ponía a hacer un escándalo frente a los inversores, el acuerdo se iría por la borda. Apretó los dientes y decidió desviarlos hacia otra salida, esbozando una sonrisa profesional:
—Señor Ríos, Señor Jiménez, la salida trasera está más cerca del estacionamiento. Permítanme guiarlos por allí.

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