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No soy tu señora… soy tu error romance Capítulo 9

Los dos hombres la siguieron sin sospechar nada. Sin embargo, justo cuando las puertas del ascensor se abrieron, un grito ensordecedor inundó el vestíbulo:

—¡Mi hija es la esposa del presidente! ¿Se atreven a detenerme? ¡Díganle a Silvana que baje ya! Su hermano se está muriendo, ¿y ella puede seguir trabajando tan campante?

Silvana sintió que la sangre abandonaba su rostro. Estaba a punto de llevarse a los inversores por otra ruta cuando Olivia Cárdenas la vio de reojo y se abalanzó hacia ella como un animal salvaje: —¡Silvana! ¡Conque aquí estabas, desgraciada!

Los socios se tensaron de inmediato y voltearon a ver a Silvana.

Silvana forzó una sonrisa llena de vergüenza. —Les pido mil disculpas, Señor Ríos, Señor Jiménez. Me surgió un inconveniente urgente. Le pediré a Jimena que los acompañe a la salida. Iré a visitarlos en persona para disculparme.

El Señor Ríos, aunque desconcertado, asintió. Era mejor no meterse en los problemas personales ajenos.

Pero cuando apenas daban la vuelta para irse, la madre de Silvana perdió el control por completo y se aferró del brazo del Señor Ríos. —¡Usted no se va! ¿Sabe con qué clase de monstruo está haciendo negocios? ¡No le importa ni la vida de su propio hermano! ¡Es una malagradecida, un asco de persona! ¿Y aún así quiere trabajar con ella?

Jaló con tanta fuerza que el Señor Ríos tropezó y casi se estrella contra una columna. Su rostro se puso rojo de indignación: —¡Usted es una mujer completamente irracional!

Al ver lo que pasaba, Silvana corrió a sostenerlo, sintiéndose morir de vergüenza: —¡Señor Ríos, de verdad lo siento muchísimo!

Las sienes le latían con fuerza. Tratando de reprimir la furia que la consumía, le siseó a su madre entre dientes: —¡Mamá, ya basta!

—¿Que ya basta? ¡Mi hijo se está muriendo! ¡Claro que voy a hacer un escándalo! —Olivia la agarró del brazo—. ¡Dame el dinero! ¡Cinco millones! ¡Si no me los das, no me muevo de aquí!

Los empleados que pasaban comenzaron a detenerse y a murmurar.

Silvana sintió una humillación que nunca antes había experimentado. Trató de soltarse, pero su madre clavó las uñas con más fuerza.

El Señor Ríos le lanzó una mirada fulminante a Silvana, con el rostro torcido por la ira, y se marchó a paso veloz.

Se acabó... Todo se había ido a la basura...

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