Mónica sentía que la cabeza le iba a estallar con los gritos de Yolanda.
Solo porque Mónica le dijo que ya no tenían forma de complacer a Estrella, su madre se puso como loca al teléfono.
—¡Todo es culpa tuya! ¡Tus enjuagues con Martín han arruinado a toda la familia Galindo!
—¿Cómo pude tener una hija como tú? ¡Si hubiera sabido que serías tan problemática, jamás te habría parido!
—Mamá, ¿qué estás diciendo? —Mónica se alteró de inmediato al escuchar aquellas palabras.
Yolanda no se detuvo: —Voy a publicar un comunicado para desconocerte como mi hija. ¡Voy a cortar lazos contigo! Todo esto es por tu culpa, ¡me has arrastrado contigo!
—Si no fuera por ti, ¿por qué Estrella se ensañaría así conmigo hasta querer acabarme?
Yolanda llevaba días tragándose el coraje.
Ni siquiera podía regresar a Nueva Cartavia.
Y sabiendo que Mónica, estando allá, no podía resolver el problema, su paciencia se había agotado por completo.
Estalló contra ella sin piedad.
Mónica escuchaba los reproches de su madre.
Y cuando oyó la frase «publicar un comunicado para cortar lazos», sintió que la sangre se le helaba en las venas.
—¿Me vas a... desheredar?
—¡Sí! ¡No puedo permitirme una hija como tú! ¿Cómo fue que te eduqué para ser así? ¡Solo me traes vergüenza y desastres!
Y desastres que no tenían solución.
Si deshacerse de su hija significaba librarse de los problemas, ¡Yolanda lo haría con gusto!
En el mundo de Mónica, había un espejo que parecía indestructible, pero con las palabras de Yolanda, se hizo añicos.
La familia Galindo... siempre había sido su respaldo más sólido.
Antes, sin importar qué agravio sufriera, si regresaba con los Galindo, todo se solucionaba.
Pero ahora...
Todos decían que ella era la princesa consentida de Yolanda. Pero ahora, ¿quién podía explicarle qué clase de princesa era?
¿Una princesa a la que se puede desechar así de fácil?
No era nada...



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