Para Isidora, la actitud de Estrella en ese momento era el colmo de la arrogancia.
«¡Ya verá lo humillada que quedará cuando llegue la señora Hill...!», pensó.
—Cuando la señora Hill se encargue de ella, ¿acaso no podremos pisotearla como queramos? ¡Así que no te desesperes! —Isidora trató de calmar a Mariela.
Sabía que su hija nunca había tenido que mover un dedo en su vida. ¡El sufrimiento que Estrella les estaba haciendo pasar estos días era lo peor que habían vivido!
Al escuchar a su madre, el semblante de Mariela mejoró un poco y asintió a regañadientes.
—Mjm.
—¡Apúrate a trabajar! —la instó Isidora.
Todavía quedaba mucho por hacer.
Mientras la señora Hill no apareciera, tendrían que seguir trabajando como criadas un día más.
¿Y qué le pasaba a esa señora Hill? ¿Por qué perdía el tiempo discutiendo con el señor Hill? ¿No debería ser su prioridad venir a poner en su lugar a Estrella?
Mariela tomó la escoba y refunfuñó:
—Quién sabe cuándo se dignará a venir esa señora Hill.
Aunque parecía que este calvario estaba por terminar, ¡la realidad era que aún no acababa! El trabajo era pesado y Mariela solo quería que esa pesadilla llegara a su fin de una vez por todas.
—Ya falta poco, ¡a lo mucho dos días más! —aseguró Isidora con tono firme.
—¿Y Mónica? ¿Esa maldita no va a hacer nada? —reclamó Mariela.
¡Era el colmo! Si Mónica no hacía nada, a ellas les tocaba doble carga.
—¡A quién le importa ella! De todos modos, ya no tenemos por qué compartirle de nuestra comida. Si tiene hambre, ¡que se aguante!

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