Yolanda se había desentendido por completo de ella.
Sin más opciones, Mónica decidió marcarle a Martín. Estaba contra la pared.
Isidora y Mariela se habían marchado.
Sabía que ellas, por lo menos, tenían a Cintia para que las refugiara.
Pero Mónica, en cambio, de verdad no tenía a dónde caer muerta.
Martín contestó el teléfono: —¿Ahora qué quieres?
¡El hombre sonaba sumamente impaciente!
Y tenía motivos para estarlo.
Originalmente, la familia Cáceres se había ganado un buen lugar en Nueva Cartavia. Pero por culpa de Mónica y el problema en el que se metió con Alonso, los negocios de los Cáceres pendían de un hilo, a punto de irse a la ruina total.
—¡No tengo a dónde ir! —soltó Mónica sin rodeos.
Habían compartido muchas cosas en el pasado, ¿no es así?
Además, ella había hecho muchísimo por la familia Cáceres. Si Martín tenía al menos un poco de decencia y cariño por lo que vivieron, le ofrecería un techo.
—¿Y a mí qué me importa que estés en la calle? ¿No me dijiste por teléfono que estabas arrepentida de haberte metido conmigo? ¿No que te remordía la conciencia por lo que le hiciste a Julián Echeverría? ¿A dónde se fue tu culpa ahora?
Mónica tragó saliva, sin saber qué decir.
Escuchar esas palabras fue como recibir una bofetada. ¡La cara le ardía!
Sí, tenía remordimientos.
De verdad le pesaba lo de Julián, y estaba sinceramente arrepentida de haber tenido un romance con Martín.
Pero cualquier rastro de culpa o arrepentimiento se esfumaba ante la humillante realidad de no tener a dónde ir.
Mónica tomó aire: —¡Martín, por lo que hubo entre nosotros, al menos déjame quedarme en alguna parte!
—¡La familia Cáceres está a un paso de la bancarrota, no tengo ningún lugar para darte!
Martín la rechazó al instante.
Fue algo crudo y completamente tajante.
Mónica guardó silencio.
Sintió un nudo en la garganta y una presión asfixiante en el pecho.
—¡Mónica, eres como una maldición! —escupió Martín—. Arruinaste a la familia Echeverría, ¡y ahora terminaste arruinándonos a nosotros!
—¿Qué dijiste?


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