Ninguna de las dos quería irse; habían vivido en ese lugar desde siempre.
¡Ese era originalmente su hogar! Y ahora Estrella se lo había arrebatado. A cualquiera le dolería en el alma una situación así.
Isidora respiró hondo, sorbió por la nariz y dejó que las lágrimas resbalaran por sus mejillas.
¡Echó un último vistazo al portón de la Mansión Echeverría!
Se dio la vuelta, desolada, y se marchó junto a Mariela.
Adentro, Malcolm miró a Estrella: —¿Entonces, ya doy la orden para que las encierren?
Se refería a Isidora y a Mariela. Las pruebas en su contra ya estaban más que completas.
—No hay prisa —respondió Estrella—. Esperemos a que regrese a Reino Unido; antes de que acaben tras las rejas, tienen que enterarse de un par de cosas.
—¿A qué se refiere? —preguntó Malcolm.
—¿No se la han pasado todo este tiempo adivinando quién me respalda?
¡Una vez que regresara a Reino Unido, cierta información saldría a la luz!
—¿Y por qué no decirles la verdad de una buena vez? —indagó Malcolm, confundido.
—Porque si se los digo directamente, no me lo van a creer.
¡Malcolm lo entendió! Quería torturarlas psicológicamente. De ese modo, ¡incluso estando en prisión, la duda las carcomería a cada instante!
A veces, enfrentar una realidad brutal de golpe era lo que más dolía.
Mariela e Isidora se habían ido. Sin embargo, Mónica no tenía a dónde ir.
Le marcó a Yolanda Galindo. Cuando esta escuchó por teléfono que la habían corrido de la familia Echeverría, su tono de voz se volvió un hielo.
—¿Que te corrieron de la familia Echeverría? Entonces, ¿eso significa que no pudiste arreglar tus problemas con Estrella?
—¡Mamá, no tengo a dónde ir! ¿En serio lo único que te importa son mis pleitos con Estrella?
La había llamado con el único propósito de decirle que estaba en la calle. Quería ver si Yolanda tenía alguna propiedad a su nombre donde pudiera quedarse.
Pero la actitud de su madre, enfocada únicamente en el conflicto con Estrella, la dejó helada.
—¡Mis problemas con ella ya no tienen solución! —gritó Mónica.
—¡Pues quédate en la calle! ¡Que te corran a patadas! Y si te mueres de hambre, ¡ni se te ocurra avisarme!
Yolanda rugió enfurecida y colgó de golpe.
Al escuchar el desalmado tono de ocupado, Mónica sintió que el pecho se le oprimía con un dolor punzante.
¿Qué significaba perderlo todo?
Si antes no le quedaba claro, ahora lo entendía a la perfección.
Martín la había engañado y utilizado, e incluso le hizo creer que un hijo era suyo...
¡Y ahora, hasta su propia madre le daba la espalda!
Sabía muy bien que Yolanda era de las que cumplían sus amenazas. Si decía que no la iba a ayudar, lo cumpliría a rajatabla.
La desesperación la inundó como una ola, ahogándola por completo...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡No te metas con la Cenicienta!
Está interesante la novela pero no sé qué pasa al estar en el capítulo 884 y adquirir monedas no está funcionando solo muestra el mensaje error qué pasa...