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¡No te metas con la Cenicienta! romance Capítulo 738

En lo profundo de un puente cercano, un indigente que pasaba la noche ahí intentaba ignorar los llantos de Mónica, creyendo que era una loca de atar.

Pero el escándalo terminó por colmarle la paciencia.

—¡Ya cállate el hocico! ¡Si vas a dormir, duérmete, y si no, lárgate!

Retumbó la voz áspera de un hombre, lo que hizo que Mónica diera un brinco del susto en medio de su llanto.

¡El corazón se le subió a la garganta!

Trató de forzar la vista con la poca luz de la calle y descubrió que, lo que había pensado que era un montón de basura, era en realidad un hombre sucio y desaliñado tirado en el suelo.

¡El pánico se apoderó de ella!

Sin pensarlo dos veces, se levantó de un salto y salió huyendo del puente, tropezando y corriendo como alma que lleva el diablo.

Afuera todavía estaba lloviendo.

Llevaba ropa muy ligera, y ahora, empapada, temblaba por el terror y el frío que le calaba hasta los huesos.

Sin darse cuenta...

Había caminado directo a un callejón sin salida en su vida.

¡Estando con la familia Echeverría jamás habría imaginado terminar en una miseria así!

Pero ahora, de verdad no tenía a dónde ir.

¡Una oleada de arrepentimiento la aplastó por completo!

—Julián... —El nombre de su difunto esposo salió de sus labios en un lamento desgarrador.

Se había equivocado. De verdad se había equivocado. Nunca debió hacerle caso a Martín, ni a Yolanda.

Si desde el principio se hubiera dedicado a llevar una buena vida de casada con Julián, no habría acabado en la calle.

***

Esa misma noche, Isidora y Mariela intentaban acomodarse en una cama matrimonial.

La cobija no daba abasto para las dos. Acostumbradas a sus inmensas camas y a taparse con edredones propios, pasaron una pésima noche.

Cuando no era Mariela jalando las cobijas, era Isidora destapando a su hija sin querer mientras dormía.

Ninguna pudo pegar el ojo en toda la noche.

A mitad de la madrugada, Isidora fue despertada por el timbre de su celular.

Contestó medio dormida:

—¿Bueno?

—Me equivoqué, lo sé. Comprendo mi error, todo lo que hice estuvo mal.

—¿Acaso no eres la fina y distinguida hija de la familia Galindo? ¿No era ese tu mayor orgullo? —le escupió Isidora con desprecio—.

»¿Qué pasó? ¿Ahora resulta que tu madrecita linda te dejó a tu suerte? ¡Pero si eres de su propia sangre!

Cuando se había casado y entrado a la familia Echeverría, cada vez que a Mónica no le parecía algo, se la pasaba presumiendo ser la hija de los Galindo.

Hacía sentir que cualquiera que no le cumpliera un capricho se estaba echando encima a toda su familia.

¿Y ahora?

Como el titulito de hija de la familia Galindo ya no le servía para nada, ¿venía a arrastrarse y a pedir perdón?

¡Su hijo ya estaba muerto por su maldita culpa!

¿De qué carajos le servía su teatro de arrepentimiento?

—Lo siento con toda el alma... Sé que fui una desgraciada. Me enteré de que están en el departamento de Cintia, les ruego por lo más sagrado que me dejen quedarme ahí, ¿sí?

Mónica ya no sabía qué más hacer, por eso se había tragado su orgullo para suplicarle a Isidora.

Sin embargo, tras haber perdido a su amado Julián por su culpa, ¿cómo demonios le iba a tender la mano?

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