De ser así, ¡básicamente se había dado un tiro en el pie!
Pensar en ello hizo que a Mariela se le revolviera el estómago.
—¿En qué tanto piensas? —le preguntó Isidora.
Mariela sacudió la cabeza de inmediato.
—En nada. Oye, mamá, ¿crees que Estrella nos tenga preparada alguna otra jugada?
Esa era su mayor preocupación.
Aunque el departamento en el que estaban ahora era pequeño, al menos era mil veces mejor que las peripecias que habían pasado en la Mansión Echeverría.
¡Para el caso, en la mansión las tenían viviendo en el sótano!
Así que, comparado con eso, este lugar era prácticamente un palacio para ellas.
Si Estrella ya no tramaba nada en su contra, podrían estabilizarse poco a poco. ¡El verdadero terror era que aún quisiera hundirlas por completo!
—¿Qué más nos podría hacer? Con todo lo que nos fregó, nos dejó en la calle.
»Ver cómo nos retorcemos en esta miseria, ¿acaso no es lo que más deseaba?
Isidora y Mariela sabían perfectamente las pruebas que Estrella tenía en su poder.
Si de verdad quería destrozarlas, podía hacerlo sin despeinarse.
Sin embargo, Isidora creía que Estrella ya no movería un dedo.
Al fin y al cabo, mientras más miserables se vieran, más lo disfrutaría ella.
—Tienes razón. Solo ruego que nos deje en paz de una buena vez —dijo Mariela.
El último tiempo en la Mansión Echeverría había sido una maldita pesadilla para ellas.
Con suerte, la pesadilla por fin había terminado...
—Por cierto, ¿dónde crees que esté Mónica ahora? —preguntó Mariela.
Ante la mención de Mónica, Isidora hizo una mueca de asco.
—¿Para qué mencionas a esa zorra? ¿A dónde va a ir? Yolanda se ha pasado la vida buscando su propia conveniencia. Si ya no hay de dónde sacar dinero, ¡qué le importa si es su propia hija!
»Y ni hablar de Martín. ¡Claro que se va a lavar las manos! Ahora mismo, esa tipa no tiene dónde caer muerta.
Si hablamos de quién estaba peor, Mónica sin duda les ganaba.
Mariela asintió con la cabeza.
—Todos me presionan... ¿Me quieren volver loca o qué? —murmuró.
Uno tras otro la trataban con la punta del pie.
¡La estaban empujando al límite!
Negándose a rendirse, insistió en llamar a Martín, pero él tampoco contestaba.
Al escuchar cómo la llamada mandaba a buzón una y otra vez, Mónica supo la cruda verdad:
La había bloqueado...
—¡Me bloqueas! ¡Me bloqueas, maldito! —Gritó Mónica, histérica del coraje—. ¡Ah, pero cuando te sacaba dinero, ahí sí no me bloqueabas!
En los tiempos en que ella era su minita de oro, tanto Martín como Yolanda la trataban como a una reina.
Pero ahora, ¿qué significaba esto?
Todo el mundo le daba la espalda...
Incluso las personas más cercanas a ella la habían desechado como basura.
—¿Por qué me hacen esto? ¿Por qué? —sollozó Mónica mientras las lágrimas le escurrían por el rostro.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡No te metas con la Cenicienta!
Está interesante la novela pero no sé qué pasa al estar en el capítulo 884 y adquirir monedas no está funcionando solo muestra el mensaje error qué pasa...