Al día siguiente, Olivia fue a buscar a Estrella.
La noche anterior, ni Maxwell ni Callum habían vuelto a casa.
La última vez que ella regresó, pasó toda una semana en ese lugar.
Y también pasaban dos o tres días sin que se topara con nadie.
En una familia así, las reuniones parecían ser algo extremadamente fugaz y un verdadero lujo.
Cuando Olivia llegó, Estrella estaba desayunando. La guardaespaldas se acercó con actitud respetuosa:
—Señorita.
Estrella asintió con la cabeza, sin decir nada.
Su hermano le había dicho la noche anterior que ella tendría que seguir a Olivia, y no al revés. La verdad, no tenía ni idea de para qué tenía que ir tras ella.
Olivia miró la hora en su reloj de pulsera.
—Señorita, tenemos que salir a las nueve.
—¿Tan pronto?
Ya eran las ocho con cuarenta minutos y apenas estaba probando el desayuno.
Olivia asintió.
—Así es. Además, tendrá que cambiarse y ponerse algo de ropa cómoda y casual.
Ese día, Estrella llevaba puesto un vestido.
Al escuchar que debía cambiarse de ropa, la curiosidad de saber adónde irían aumentó.
Incapaz de aguantar la intriga, no dudó en preguntar:
—¿Adónde vamos exactamente?
Olivia evadió la respuesta:
—Lo sabrá cuando lleguemos, señorita.
No quiso decirle el destino directamente.
Sin embargo, el simple hecho de tener que cambiarse de ropa ya le daba a Estrella un mal presentimiento.
Aun así, terminó asintiendo.
Al fin y al cabo, todo era obra de Callum.
Siendo su propio hermano, ¿qué daño podría querer hacerle?
¡Pero muy pronto descubriría que, en ciertas ocasiones, su querido hermano sí estaba dispuesto a hacerle ver su suerte!
Terminó de desayunar a toda prisa.
Mientras subía las escaleras, Estrella le indicó a Malcolm:
—Averigua quién demonios ayudó a Mónica allá en Nueva Cartavia.
Se había pasado toda la noche en vela sin lograr entender quién le había tendido la mano justo cuando ella apenas había salido de la ciudad.
Violeta pensaba que había sido Alonso, pero Estrella estaba convencida de que él jamás ayudaría a Mónica en la situación actual.

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