Ese «sufriste muchísimo a mi lado» terminaba revelando, después de todo, el arrepentimiento de Alonso.
Había admitido por completo que, en lo que respectaba a Estrella, nunca fue un buen marido.
La había hecho pasar por demasiadas injusticias...
—Eso a ti qué te importa. Mejor preocúpate por salvar tu propio pellejo, que no solo Marcelo quiere tu cabeza, yo...
Llegado a este punto, Estrella hizo una pausa.
Cuando volvió a hablar, su tono era aún más gélido:
—¡Yo también la quiero!
Y lo decía muy en serio.
Por lo que le había pasado a su madre y por culpa de Mónica, ¡ella siempre había querido verlo muerto!
Alonso guardó silencio.
Al oírla decir que también lo quería muerto, el hombre hizo una pequeña pausa.
Luego soltó una risa amarga:
—Lo sé.
Sí, él lo sabía muy bien...
Tanto alboroto que ella había armado en la familia Echeverría era justamente para acabar con todos, ¿no? Nadie se había salvado.
Estrella no quiso seguir perdiendo el tiempo con él y le colgó.
Marcelo seguía sosteniéndole la mano.
—Ya me tengo que ir.
Soltó las palabras con total frialdad.
—¿Le crees a él? —preguntó Marcelo, mirándola fijamente.
Alonso le acababa de decir por teléfono que quizá él tenía alguna intención oculta al acompañarla al Reino Unido.
Quizá...
Aunque era solo un «quizá», ¡esa palabra dejaba la puerta abierta a las sospechas!
Lo peor que puede tener una persona es la duda, porque una vez que aparece, te carcome hasta el fondo.
—¿Acaso se equivoca?
Esas tres palabras, dichas en voz baja y acompañadas de una mirada glacial, hicieron que a Marcelo se le encogiera el corazón.
De verdad le creía a Alonso...
A pesar de que las cosas con su marido habían terminado en un desastre sin retorno, aún confiaba en sus palabras.
Estrella suspiró profundamente:
—¡Desde el instante en que me enteré de que ayudaste a Mónica, empecé a dudar de todo lo que me habías dicho antes! A saber qué parte era cierta, si es que hubo alguna...
—¡Estrella!


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