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¡No te metas con la Cenicienta! romance Capítulo 826

—¡Entonces haré que no odie más a Violeta! —insistió Adara.

Renato no supo qué decir.

Ese odio ya estaba por las nubes, ¿qué importaba un poco más?

A él eso le daba exactamente igual.

Justo cuando iban a seguir hablando, la madre de Renato, quien quién sabe de dónde había sacado la noticia, llegó corriendo.

La elegante mujer vio a Renato y, sin pensarlo, le acomodó una bofetada.

—¡Chamaco idiota! ¿Qué clase de salvaje te fuiste a buscar? ¡Mira cómo dejó a Adara!

—Mamá, tú...

—¡No me llames mamá! Si no terminas con esa mujer, te quedas sin madre —espetó Palmira Ibáñez, furiosa.

De por sí no soportaba a Violeta, y ahora la detestaba todavía más.

¡Se había atrevido a sacar un cuchillo y a cortarle la cara a alguien!

—¿Cómo te fuiste a fijar en alguien con ese carácter tan explosivo? ¿Te gusta que te maltraten o qué?

Mientras más hablaba, más se encendía Palmira.

Miró la herida en el rostro de Adara y sintió que se le partía el corazón.

—Dime, ¿qué cara le voy a dar a tus padres?

Ella misma la había mandado para allá.

Y el resultado fue que regresó así de lastimada.

Su intención original era que la aparición de Adara le bajara los humos a Violeta, pero el tiro le salió por la culata.

—Señora, no culpe a Violeta, fui yo quien tropezó por accidente con el cuchillo que ella tenía en la mano —trató de defenderla Adara.

Y en eso no estaba mintiendo.

Sin embargo, ni Palmira ni Renato le creyeron.

¡Ambos pensaron que solo estaba encubriendo a Violeta!

—¿Y por qué demonios tenía un cuchillo en la mano? —preguntó Palmira, enfurecida.

—Este...

¿Este qué?

Esa expresión de apuro dejaba claro que no encontraba una excusa razonable para defender a Violeta.

Adara miró a Renato con aflicción.

Y él se sintió todavía más harto.

Palmira la interrumpió:

—En fin, sea como sea, alguien tiene que hacerse responsable frente a ti. ¡O das la cara tú, o que la dé Violeta!

La actitud de Palmira era de piedra en ese momento.

Parecía que si Violeta no daba una explicación, no iba a dejar el tema por la paz.

Renato, ardido del coraje, se sintió todavía más sofocado.

¿Dar la cara...?

—Señora, de verdad yo... —insistió Adara.

—Ella lastimó a alguien. ¿Qué tal si llamo a la policía?

Adara se quedó muda.

Renato también enmudeció.

Al escuchar a Palmira hablar de la policía, Renato volteó a verla; tenía los labios apretados y una mirada que cortaba como cuchillo.

—¿Qué me ves? ¿Acaso no puedo hacerlo? —lo retó Palmira.

—Si las cosas son así, ¿quieres que vaya yo a la cárcel en su lugar?

—Tú... —Palmira se quedó pasmada.

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