—¡Entonces haré que no odie más a Violeta! —insistió Adara.
Renato no supo qué decir.
Ese odio ya estaba por las nubes, ¿qué importaba un poco más?
A él eso le daba exactamente igual.
Justo cuando iban a seguir hablando, la madre de Renato, quien quién sabe de dónde había sacado la noticia, llegó corriendo.
La elegante mujer vio a Renato y, sin pensarlo, le acomodó una bofetada.
—¡Chamaco idiota! ¿Qué clase de salvaje te fuiste a buscar? ¡Mira cómo dejó a Adara!
—Mamá, tú...
—¡No me llames mamá! Si no terminas con esa mujer, te quedas sin madre —espetó Palmira Ibáñez, furiosa.
De por sí no soportaba a Violeta, y ahora la detestaba todavía más.
¡Se había atrevido a sacar un cuchillo y a cortarle la cara a alguien!
—¿Cómo te fuiste a fijar en alguien con ese carácter tan explosivo? ¿Te gusta que te maltraten o qué?
Mientras más hablaba, más se encendía Palmira.
Miró la herida en el rostro de Adara y sintió que se le partía el corazón.
—Dime, ¿qué cara le voy a dar a tus padres?
Ella misma la había mandado para allá.
Y el resultado fue que regresó así de lastimada.
Su intención original era que la aparición de Adara le bajara los humos a Violeta, pero el tiro le salió por la culata.
—Señora, no culpe a Violeta, fui yo quien tropezó por accidente con el cuchillo que ella tenía en la mano —trató de defenderla Adara.
Y en eso no estaba mintiendo.
Sin embargo, ni Palmira ni Renato le creyeron.
¡Ambos pensaron que solo estaba encubriendo a Violeta!
—¿Y por qué demonios tenía un cuchillo en la mano? —preguntó Palmira, enfurecida.
—Este...
¿Este qué?
Esa expresión de apuro dejaba claro que no encontraba una excusa razonable para defender a Violeta.
Adara miró a Renato con aflicción.
Y él se sintió todavía más harto.


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