Vael Zarkov.
«—Huyó— dicen a mi espalda. Pero mis oídos no captan más cuando solo me dedico a abrazar el cuerpo de mi hermana sobre la camilla.
Siguen informando que el mediocre médico no está registrado, y que sólo se unió al acondicionamiento experimental de manera temporal. Que pagó en efectivo y que sólo uno de ellos lo recuerda por rostro y alias. No por un nombre completo.
No hablo, y en esta ocasión no es porque no pueda, sino porque mi mente repite que me he quedado sin la única persona que nunca hubiese deseado perder; mi única hermana.
Las muertes en batalla son honorables y cómo eso se tomó la de mi padre. Las inevitables, cuando no hay cura también se acepta. Pero la burla que me la quitó…¡Esa no!
Dejó sólo una parte de ella, la cual suelta el llanto, recordando su existencia.
Todo por una estúpida mala praxis de un imbécil que huyó en cuanto supo que no podría arreglar lo que causó. Ni lo que dejó atrás».
El recuerdo, como la sangre que derramé esta noche, ahora se diluye y la vida se extingue en mis manos, que cobran la muerte de mi hermana, mientras el nombre que se repite en mi cabeza no deja de oírse en eco.
Porque ahora tengo uno. Sé cómo se llama quién no sólo pasó por encima de una de mis reglas; no ver, tocar o codiciar sangre Zarkov.
Pero ya no necesito que el grupo respire para identificarlo.
Tengo lo que necesito para ir por él.
—Señor…—hipa el único testigo que hubo estos años. —Ya hice lo que quería —se ahoga con su propia saliva. —Lo traje con los amigos del estudiante. Le dije que eran ellos y…¡Por favor, no me asesine!
Sus dientes ensangrentados salpican la nieve cuando cae de rodillas al ser empujado para que avance. Él no me interesa. Por ello, solo cumplo con mi función de cobrar la burla, la falla y el pecado.
La cabeza rueda, el hacha se arrastra hasta la nieve en donde el color rojo es absorbido. Mi espalda gotea no solo mi sangre, sino la de todos los que cayeron esta madrugada, en mi búsqueda por encontrar el nombre de quien creyó que podría escapar de mi obsesiva m@ldición.
«Una que une su putrefacción a mi castigo».
Y ahora que lo tengo, solo sé que así como la estocada me dolió, a él le quemará.
—Quiero que lo traigas —lanzo el hacha hacia Timur. Tendrá una cicatriz cruzando su ojo por la herida que ahora sangra. Pero ni eso lo detiene.
Tomo aire y espero a que el dolor en mi paladar se calme para volver a hablar.
—Confirma si es verdad que regresó —aprieto la lengua en el cielo de mi boca de nuevo. —Quiero ver la cara que todos estos años huyó de mí.
—¿Quiere verlo?
—Esa brigada médica militar no fue financiada en vano— establezco.
La trenza cae por mi espalda cuando continúo mi regreso, goteando la sangre que escurre entre cada hebra a medida que camino, llamando con un ademán a Svarog. El presa canario deja caer lo que tiene en la boca para volver a mí.
Los volki, mis soldados personales, aplastan los cráneos dejando la firma ante la obra que, por la mañana, puedo leer en los titulares más importantes de Rusia, mientras me sirven el desayuno.
“Masacre de un grupo de científicos y militares” titulan. Aunque no es verdad. No eran todo eso. Ni sólo eso.
Lo que ahora soy me da para saber que su manera de atacar no pertenece a la milicia. Por lo que el miserable que, a estas alturas debe estar enterado de lo que perdió, tampoco es solo lo que predica.
Y eso me gusta más que tener a un chillón como presa.
Tomsk es mi hogar dentro de Rusia. Uno, al que acceder es solamente con mi autorización desde que mi nombre fue grabado, no como un sello, sino como una condena.


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