Avery Crown.
«¿Segura que te encuentras bien? ¿Quieres que vaya por tí?» Los mensajes de papá no se diferencian mucho uno del otro, pese a haber respondido que no me ha pasado nada físicamente.
Sé cuál es su preocupación. Sé por qué quiere venir exactamente, y justo por ello, prefiero negarme a que lo haga por tercera ocasión.
Con mis hermanos sucede igual. Pero la poca aceptación que tienen por Jayden no me permite dejarlos acercarse mientras estamos en ésta ciudad.
Son capaces de empeorar la situación que me hace soltar el teléfono de nuevo.
—¿Cómo sucedió esto?
El rostro de Jayden ha perdido el color completamente. El borde de sus ojos está rojo, y sus manos no dejan de abrirse y cerrarse, como hace cada vez que intenta encontrar lógica en una evaluación.
Con el puño contra la boca relee el informe por tercera vez, como si las palabras fueran a cambiar si las observa durante más tiempo.
No cambiarán. He visto esas situaciones demasiadas veces.
Las fotografías muestran lo que quedó de todos.
Y aunque admitirlo todavía resulte increíble, jamás había visto algo semejante.
La saña.
Los métodos.
Las paredes cubiertas por manchas oscuras y cuerpos rodeados de fusiles de asalto, pistolas y municiones que jamás debieron estar ahí.
—No se denunció el ingreso de armamento perteneciente a su brigada cuando cruzó la frontera rusa —explica uno de los investigadores, pasando otra hoja del expediente para Jayden—. Sin embargo, cada víctima fue encontrada con un arma entre las manos o a escasos centímetros del cuerpo.
Frunzo el ceño.
—¿Puede explicar eso?— Jayden niega en automático.
Eso no tiene sentido.
Nuestra brigada estaba integrada por bioquímicos, cirujanos, anestesiólogos, microbiólogos e investigadores clínicos.
Ninguno tenía autorización para ingresar armamento al país.
Los protocolos internacionales exigen declarar hasta un bisturí cuando una misión médica cruza una frontera. Un fusil de asalto habría sido retenido mucho antes de abandonar el aeropuerto.
Tampoco encuentro una explicación, pero decido no hablar porque he visto demasiado para saber que hay cosas que es mejor callarlas. Y no necesito retener más a los investigadores que se marchan indicando que no podemos irnos de la ciudad mientras no se esclarezca la situación.
Sé el protocolo, pero Jayden parece más nervioso a cada momento.
Solo puedo recordar que, mientras cenábamos en un restaurante de Seversk. Ambos insistimos en pasar nuestro día libre juntos.
Nuestros compañeros seguían de guardia en las instalaciones cuando abandonamos el centro de investigación.
Alexéi debía cubrir el turno nocturno.
Irina había enviado una fotografía de lo que llamó incomparable, aunque no quiso abrir la tapa de la caja que llamaba su gran tesoro.
Dimitri dijo que trajeramos un pastel cuando regresáramos. No supe por qué hasta que llegamos al restaurante. Pero hasta eso pasa a segundo plano ahora que veo fotografías de sus cuerpos ensangrentados.
Un escalofrío me recorre la espalda al ver una de las imágenes de soslayo.
La distancia entre el restaurante y el centro de investigación nunca había parecido tan extensa.
Mientras nosotros hablábamos sobre la joya que cargo aún en el bolsillo...
Alguien los estaba asesinando a todos.
—No tiene sentido —murmuro.
Jayden deja escapar el aire lentamente, arrastrando los dedos en tres ocasiones antes de tomar el móvil.
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