Capítulo 86
Chloe se despertó pasadas unas horas. Tomó de inmediato su teléfono y lo desbloqueó; quería ver qué tan grande era el escándalo de esa tarde. Pero al buscar en internet y redes sociales, no había nada.
Los titulares habían desaparecido, las fotos fueron dadas de baja, ya no circulaba por ningún sitio. Era como si el incidente nunca hubiera ocurrido.
Chloe dejó el teléfono a un lado y suspiró con pesadez. Sabía que Dante se había movido rápido para eliminar todo, barriendo la basura bajo la alfombra como siempre hacía.
Se sentó en el borde de la cama, frotándose las sienes con cansancio. En ese momento, la puerta se abrió y entró el ama de llaves con una bandeja de comida.
- ¿Se siente bien, señora? - preguntó con cautela.
Chloe no respondió; se limitó a observar cómo la mujer dejaba la bandeja sobre la mesa.
¿Necesita otra compresa? - volvió a preguntar, girando la mirada hacia ella.
- ¿Dónde está Dante? - preguntó seriamente, ignorando por completo la atención médica.
- El señor Montenegro está en su estudio. Dio instrucciones de que se le avisara en cuanto usted despertara.
Está bien, infórmale que ya lo hice. Y llévate esa comida, no tengo apetito - sentenció, levantándose de la cama y caminando con paso firme hacia el baño.
El ama de llaves tomó la bandeja de comida y salió de la recámara. En el pasillo, se encontró con el mayordomo, quien esperaba pacientemente para conocer el estado de la señora Montenegro.
- No quiso probar bocado - susurró ella, negando con la mirada.
- Está bien, le informaré al señor Montenegro - respondió el mayordomo, dándose la vuelta para dirigirse con prisa al estudio.
Al llegar, llamó suavemente a la puerta y entró tras recibir una respuesta. Dante permanecía de pie junto al ventanal, de espaldas a la entrada.
- La señora ha despertado, señor - dijo el mayordomo, haciendo una breve reverencia.
¿Comió? - preguntó Dante, sin girarse.
- No, señor.
Dante apretó la mandíbula.
- Retírate - ordenó Dante.
Dante se quedó de pie, reflexionando por unos segundos. Que ella estuviera enterada de sus infidelidades no era parte de sus planes; había mantenido esa faceta de su vida bajo control, protegido por estrictos acuerdos de confidencialidad.
En ese momento, su teléfono vibró. Lo sacó del bolsillo de su saco y leyó el mensaje de Aleksei: ya tenían a la mujer en la bodega, adjuntando una fotografía de ella, atada una silla y amordazada, con la mirada desencajada por el miedo.
La reconoció de inmediato. No era una de sus amantes recientes, ni alguien que hubiera pasado por su cama después de la boda; era, simplemente, una mujer con la que solía coger cuando era soltero.
Dante guardó el teléfono con un movimiento brusco. La audacia de esa mujer al creer que tenía algún derecho sobre él, o que podía humillar a Chloe de esa manera, era algo que no iba a dejar pasar.

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