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Quédate con tu cuñada, querido exesposo romance Capítulo 300

¿De verdad esa casa iba a seguir siendo gobernada por las decisiones de una sola persona?

Luca condujo hasta la casa de la familia Ortega. Cuando Iria vio llegar a su papá, no cupo en sí de alegría. Mientras tanto, Liliana y Carlos intercambiaron una mirada de reojo.

—Suegros, gracias por haber cuidado de Irita estos días. Vine por ella para llevarla a casa —dijo Luca en tono cordial.

Liliana le preguntó:

—¿Y cómo vas a cuidarla tú solo? Mejor que se quede aquí con nosotros.

—Abuela, mi papá no me va a cuidar solo. Podemos ir juntos a buscar a mi mami —dijo Iria con una sonrisa, parpadeando con inocencia.

Al ver la mirada tan pura de la niña, Liliana no pudo evitar sentir coraje.

Esa familia estaba a punto de desmoronarse. Si había que echar culpas, la realidad era que Liliana consideraba que ambos compartían la responsabilidad.

Natalia se había aventado al matrimonio cegada por la ilusión, mientras que Luca no estaba para nada preparado para casarse. ¿Cómo fue que dos personas que ni siquiera tenían una relación sólida terminaron teniendo una hija?

Liliana recordó todas las veces que le había dicho a su hija que, al principio, se limitara a disfrutar su vida de casada. Le insistió muchísimo en que se cuidara para no embarazarse, que debía ser responsable y pensar bien las cosas antes de traer niños al mundo.

Pero a Natalia le entraron las palabras por un oído y le salieron por el otro; en menos de un año, ya estaba esperando a la bebé.

A decir verdad, a Luca le había dado muchísimo gusto la noticia de que iba a ser padre. Durante los primeros años de la niña, de hecho, daban la impresión de ser un hogar unido y bastante feliz. Sus consuegros eran gente comprensiva y los abuelos los llenaban de cariño. De no ser por el problema congénito del corazón de la niña, en realidad no habría habido motivos de preocupación.

—Luca, ¿tienes mucha prisa? —preguntó Liliana, llegando a su límite. Si en el pasado sentía orgullo por tener un yerno tan capaz y educado, ahora su presencia solo le provocaba una enorme frustración.

—No, suegra, no tengo prisa —respondió Luca con una ligera sonrisa.

—Entonces acompáñame afuera, necesito platicar contigo.

Liliana salió al jardín. Luca tuvo un ligero titubeo, pero al final la siguió.

—Dígame, suegra. ¿De qué quería hablar? —Luca siempre la había tratado con mucho respeto.

Ella se detuvo y volteó a verlo. Su mirada ya no transmitía la calidez de antes.

—Luca, quiero platicar contigo sobre la situación entre tú y Nati.

El rostro de Luca se tensó y tragó saliva disimuladamente.

—Claro, la escucho.

Liliana fue directo al grano, sin andarse por las ramas.

El rostro de Luca palideció; agachó la cabeza y se quedó callado.

Liliana cerró los ojos y trató de serenarse.

—Ve cómo están ahorita. Separados, aplicándose la ley del hielo, y hasta cuando ella terminó en el hospital tras lastimarse en el incendio, tú brillaste por tu ausencia. Luca, ¿qué quieres que piense de ti? ¿A eso le llamas ser marido y mujer? Siempre que te necesita, tú nunca estás. Definitivamente no estás cumpliendo con el papel que te toca.

El rostro de Luca delató un conflicto interno; quiso replicar algo, pero se detuvo.

—No es necesario que me expliques nada —Liliana levantó la mano para callarlo—. Tampoco me interesa saber por culpa de quién te has vuelto tan distante y frío. Lo único que quiero saber es qué vas a hacer ahora.

Luca apretó los labios y guardó silencio un buen rato. Al final, respondió con la voz algo ronca:

—No la voy a retener en contra de su voluntad, pero entienda que Irita todavía está muy chica.

—Claro, el tema de la niña es aparte, y sí, es el más delicado. —La frustración de Liliana empezó a desbordarse mientras asentía—. Como padres que son, la niña es su prioridad. Pero aun así... apúrale a tomar una decisión. Si ya no sientes nada por mi hija, entonces dale su libertad. Todavía es joven, puede rehacer su vida. Quiero que regrese a vivir conmigo.

Luca sintió como si le encajaran una daga en el pecho. Instintivamente, apretó los puños.

Una vez que firmara los papeles del divorcio, la señora de Torres volvería a ser, automáticamente, la señorita Ortega.

—Obviamente, entiendo que por el problema de salud de Irita y para no afectarla emocionalmente, ahorita no pueden divorciarse de la noche a la mañana. Por eso tengo una segunda opción. —Liliana se limpió una lágrima que le escurría por la mejilla y lo miró de frente—. Si por el momento de plano es imposible, entonces firmen un acuerdo de separación de bienes o de convivencia mientras siguen casados.

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