Al oír eso, a Denisa le temblaron las piernas y, presa del pánico, se tiró al suelo a rogarle.
—¡Abuela, se lo ruego! No me haga esto. Haré todo lo que me pida, pero por favor, no me obligue a casarme con alguien que no quiero. Si me fuerza a hacerlo, de verdad prefiero morirme. —Las lágrimas le escurrían por el rostro.
—¿De verdad tengo que decirte que eres una plaga para esta familia? —La anciana ya no se andaba con rodeos.
Denisa, tirada en el suelo, temblaba como hoja mientras lloraba a mares.
Cristina, al escuchar el alboroto, salió deprisa desde el interior de la casa.
Al ver a Denisa echa un mar de lágrimas en el piso, se apresuró a interceder:
—Mamá, por favor, no la trate así. A ella también la vio crecer. No hay necesidad de ser tan dura.
La abuela miró a Cristina con indiferencia.
—Precisamente porque la vi crecer es que tengo que ser estricta para enderezarla.
—Denisa no tiene malas intenciones, mamá. ¿Por qué te ensañas con ella? Si cometió un error, yo misma le llamaré la atención. Ya no estás en edad de hacer estos corajes. —Cristina conocía el carácter de la anciana; cuando se encendía, las consecuencias eran impredecibles.
La anciana soltó un bufido y se quedó viendo a ese par de mujeres que tantos dolores de cabeza le daban.
—Cristina, sé que la quieres como a una hija, pero con muchas cosas te falta abrir bien los ojos para que no te vean la cara. De verdad que es vergonzoso.
Denisa ni siquiera se atrevía a respirar. Le aterraba que la vieja soltara de golpe todas sus sospechas. Si eso pasaba, Cristina también empezaría a dudar de ella y, entonces sí, lo perdería todo.
Por fortuna, la abuela seguía siendo una mujer de principios y prefería que la ropa sucia se lavara en casa.
Así que, mirando a Denisa desde arriba, sentenció:
—No estoy tratando de ser cruel, ni quiero correrte. Lo único que busco es que entiendas que perder tu juventud aferrada a algo que no va a ninguna parte, es de lo más estúpido.
Denisa se tensó y levantó la mirada empañada por el llanto.
La anciana la vio a los ojos con fijeza.
—¿Entiendes a qué me refiero?
Denisa hizo un gesto con los labios, pero no contestó nada.
Claro que lo entendía.
Pero no era capaz de aceptarlo.
Justo cuando el ambiente no podía estar más tenso, un Bentley negro entró por la puerta principal.
Era Luca, quien llegaba en el momento más inesperado.
Al ver la camioneta bloqueando el paso, se bajó de inmediato y se acercó. Encontró a Denisa tirada en el piso, bañada en llanto y temblando como un cachorrito abandonado.
Su ceño se frunció al instante.
Denisa, aferrada a su orgullo, contuvo las lágrimas. Tenía el cabello alborotado y los ojos tan irritados como los de un conejo.
No dijo nada, solo se metió en el asiento trasero en silencio. Luca la vio tan asustada, y con los labios tensos, le indicó a su chofer:
—Llévenla a su casa. Mamá, acompáñala de una vez.
Cristina asintió y de paso le preguntó:
—¿A qué venías tú?
—Vine a recoger unas cosas —aclaró Luca.
En ese instante, Denisa levantó suavemente el rostro, mirándolo con los ojos empapados. Parecía como si él fuera su única salvación y esperanza. Aquella intensa necesidad de protección y su enorme fragilidad hicieron que, por un segundo, el corazón de Luca se conmoviera.
Luca cerró la puerta y le hizo una seña al chofer, quien entendió la orden al instante y arrancó el vehículo.
Al darse la vuelta, vio que su abuela ya iba subiendo las escaleras, ignorándolo por completo.
Apretando ligeramente los puños, Luca fue a su antigua recámara en el segundo piso, agarró lo que buscaba y le pidió al ama de llaves que lo acompañara a la salida.
Luca estaba totalmente en contra de que su abuela forzara a Denisa a tener citas a ciegas. Ya no vivían en la antigüedad, las mujeres también tenían el derecho a elegir con quién casarse.
La abuela venía de una época muy tradicional. En su momento, bastó una sola orden suya para que Denisa quedara comprometida con Adrián. Y esa era una espina que Luca siempre había llevado clavada con respecto al actuar de la señora.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Quédate con tu cuñada, querido exesposo