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Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico romance Capítulo 457

Valeria, que ya imaginaba que Esmeralda intentaría ponerle las cosas difíciles, se mostró muy serena.

—Aunque no sé exactamente qué pretende, usted es una señora mayor y yo acataré todo lo que decida.

Al ver la tranquilidad de Valeria, Esmeralda esbozó una sonrisa.

—Eres muy lista.

—No lo soy. Si de verdad lo fuera, no habría venido.

—¿Me tienes miedo?

—No es miedo.

Los largos dedos de Valeria pasaron por encima del pequeño armario, que tenía una fina capa de polvo. Frotó las yemas de sus dedos y continuó:

—Si deseo mantener mi relación con Alejandro, bajo ninguna circunstancia debería crear conflictos con su madre.

Esmeralda soltó una risa fría.

—Entonces, ¿a qué viniste?

—Si no venía, ¿acaso iba a dejar las cosas así?

Claro que no.

Valeria había escuchado las llamadas que ella le hacía a Alejandro.

Con un suspiro interior, se giró para hacerle una pequeña reverencia a Esmeralda y, de manera formal, dijo:

—Mamá, no somos enemigas. Espero que estos días juntas nos ayuden a dejar de lado los prejuicios.

Sus palabras sonaban sumamente respetuosas y, a simple vista, irreprochables.

Esmeralda bufó levemente y llamó hacia afuera:

—Úrsula, muéstrale los alrededores a la señorita.

En ese momento entró una mujer de mediana edad vestida con un traje profesional. Parecía tener la misma edad que Esmeralda y su actitud respetuosa indicaba que debía ser la gobernanta de la casa.

—Señorita Figueroa, por aquí, por favor.

Valeria asintió y la siguió hacia el exterior.

Apenas salieron, Esmeralda sacó su celular de inmediato, buscó la última llamada perdida y la devolvió.

—Vaya, apenas la dejas aquí y ya me llamas. ¿Tanto miedo tienes de que trate mal a tu esposa?

—Mamá.

El tono de Alejandro delataba cierta resignación.

Aunque su relación con su madre no era la mejor, para un hombre criado en una familia de su nivel, el respeto y la lealtad filial estaban profundamente arraigados.

—Antes estabas enredado con esa chica de la familia Garza y, de pronto, cambias por otra mujer. ¿Crees que, por estar en el extranjero, no me entero de nada?

Su voz era tan impasible que rozaba la frialdad total.

—No me importa si lo tuyo con ella es verdad o mentira, ni tampoco si se aman o no. Pero al ser tu esposa, ella tiene que ser culta, con buenos modales y digna de ser presentada en sociedad.

En otras palabras, la joven señora de la familia Silva podía ser quien fuera, siempre y cuando tuviera un linaje excepcional o una personalidad sobresaliente.

Lo que no podía ser es alguien que no contara con al menos uno de esos dos atributos.

El coche de Alejandro seguía estacionado en la entrada. Desde allí, lograba divisar, aunque un poco borroso, que Úrsula le estaba enseñando el jardín a Valeria. Ella se veía callada y tranquila, como si estuviera dispuesta a aprender todo lo que se le ordenara.

Las comisuras de los labios de Alejandro se curvaron sutilmente y, finalmente, desvió la mirada.

—Bien, lo que usted diga. Después de todo, mi esposa es muy dócil. Así que, madre...

Su voz adquirió un tono sereno y profundo.

—La dejo a su cuidado.

Y colgó.

Al otro lado de la línea, Esmeralda miraba el celular en su mano. Por un segundo, su respiración se detuvo.

¿Dejarla a su cuidado?

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