¡Ella nunca había dicho que fuera a cuidar a nadie!
Esmeralda se plantó al final del pasillo del segundo piso y miró por la ventana. Desde ahí, podía ver claramente a la mujer.
Parecía estar preguntándole algo a Úrsula, con las manos detrás de la espalda y el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante.
Su vestido negro realzaba sus curvas. Al caminar, el vuelo de su falda y de su abrigo rozaban sus tobillos entaconados. Cada uno de sus movimientos rebosaba soltura y elegancia, como si ella misma fuera la dueña de la propiedad.
¿Dócil?
¡Decir que esa mujer era dócil era simplemente una locura!
...
Valeria había dado una vuelta con Úrsula, descubriendo que la casa había sido adquirida muchos años atrás. Aunque Esmeralda vivía en el extranjero, nunca descuidaba el mantenimiento del lugar.
El patio cuadrado estaba lleno de flores, árboles y césped, pero el diseño general le daba un aire de antigua residencia, que mantenía todo perfectamente alineado bajo normas y simetrías estrictas.
—Gobernanta Úrsula, ¿usted y mi suegra son hermanas?
—No, solo compartimos el mismo apellido de soltera.
—Oh... se ven casi de la misma edad.
—La señora es tres meses y diez días mayor que yo.
—... Qué precisos los cálculos.
Valeria sonrió, sus ojos brillaron y se acercó un poco a ella.
—A pesar de eso, creo que luces muy joven. Llamarte gobernanta o señora te envejece demasiado. ¿Puedo llamarte por tu nombre? ¿Simplemente Úrsula?
...
Úrsula la miró con extrañeza.
—La joven señora puede llamarme como guste.
—¡De acuerdo, Úrsula!
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando para mi suegra?
El término *mi suegra* salía de su boca con tanta facilidad que Úrsula se preguntó de dónde sacaba esa muchacha semejante familiaridad. Estaba segura de que a la señora no le haría gracia.
Pero claro, eso solo lo pensó, jamás lo diría en voz alta.
—Soy huérfana. He acompañado a la señora desde que era pequeña.
—Entonces deben estar muy unidas.
La voz del hombre de mediana edad denotaba una gran borrachera, soltando puras insensateces al otro lado de la línea.
—¡Tú... hija rebelde! ¡¿Por qué no te estrangulé cuando naciste?!
—Es tu culpa... tú eres la culpable de que Rosalía esté así...
Valeria permaneció impasible, esperando pacientemente a que él terminara de soltar sus improperios.
Justo cuando estaba a punto de colgar, él balbuceó:
—Tú... has estado investigando la muerte de tu madre, ¿verdad? ¿Por qué no me preguntas? ¡Yo sé todo! ¡Pero me niego a decírtelo!
Al escuchar esas palabras, Valeria se sentó de golpe, olvidando incluso cómo respirar.
La ventana estaba abierta, y el viento helado del otoño entró de golpe en la habitación, filtrándose hasta lo más profundo de sus huesos.
Con su ligera ropa, debido a que apenas había salido de bañarse, su piel blanca pareció perder el poco color que tenía, su tez radiante y hermosa tornándose pálida.
Valeria se quedó en silencio un largo rato hasta que, finalmente...
Se bajó de la cama, y su voz sonó afilada como el hielo.
—Dime dónde estás. Voy por ti.

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