Después de colgar el teléfono, Valeria se cambió rápidamente de ropa y bajó las escaleras. Esmeralda y Úrsula seguían sin aparecer, pero uno de los guardaespaldas la detuvo en la entrada.
—Lo siento, señorita. No puede salir.
—Tengo algo importante que hacer.
—No puede salir.
...
Valeria dio media vuelta, dio unos pasos, y una ola de frustración comenzó a apoderarse de ella. Suspiró hondo.
—¿Puedes ir a avisarle a la señora? Dile que volveré enseguida.
—La señora dio órdenes de no ser molestada.
...
El guardaespaldas era como un muro infranqueable, no había lugar para negociaciones.
Valeria apretó los dientes, se dio la vuelta y volvió al salón para sacar su celular y llamar a Camila.
—En el Hotel Los Jardines está Humberto. Ve allí, vigílalo, y fíjate si puedes sacarle algo sobre mi madre.
Una persona ebria era más propensa a soltar la lengua. Si esperaba a que estuviera sobrio a la mañana siguiente, seguro que no diría ni una palabra.
Camila asintió y la llamada terminó.
Los minutos pasaban lentamente.
La ansiedad de Valeria había llegado a su punto límite. Después de todos estos años, esta era la primera vez que tenía una certeza absoluta: Humberto ocultaba un secreto enorme y... tenía que ver con su madre.
No podía quedarse así...
Tenía que ir.
Dejando de lado cualquier otra preocupación, Valeria fijó su mirada en las luces de la sala, observó su alrededor, y finalmente decidió subir al piso de arriba.
La mansión, a pesar de su tamaño imponente, estaba habitada por muy poca gente. La planta alta estaba sumida en un silencio sepulcral, no se oía el menor ruido.
La ventana de su cuarto era pequeña y, para empeorar las cosas, daba directamente al jardín delantero, por lo que sería muy fácil para un guardaespaldas verla.
En cambio, la habitación de Esmeralda daba al jardín trasero, un lugar mucho más adecuado para escabullirse.
En medio de la penumbra...
Valeria se mordió el labio inferior y abrió la puerta lentamente.


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