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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 1034

Elena tomó cariñosamente la mano de su tía, con el corazón rebosante de genuina felicidad por ella.

Carmen le dio unas palmaditas amistosas y prosiguió:

—Osvaldo insiste en que hagamos una celebración. Al principio yo le dije: Mira, a nuestra edad ya no estamos para esas cursilerías, además, ya ni figura tengo, de seguro un vestido de novia se me va a ver ridículo.

»Pero las niñas estaban tan ilusionadas con la fiesta, que al final cedí. ¡Así que habrá boda! Y por supuesto, espero que tú, Alejandro y mi hermosa Aurora no falten.

—Claro que sí, tía —le respondió Elena con una enorme sonrisa—. Ahí estaremos en primera fila apoyándote.

A la mañana siguiente, Elena llevó a su abuela a una lujosa plaza comercial para renovarle el guardarropa.

La anciana, algo reacia, intentó evadir las compras para ella misma:

—No, mi niña, no gastes en mí. Mejor vayamos a las tiendas infantiles y le compramos unas blusitas bonitas a Aurora, ¿qué dices?

Elena, firme en su decisión, ya le había echado el ojo a un abrigo precioso:

—Ni hablar, abuela. Aurora ya tiene el clóset lleno con todos los vestidos que le compraste; hoy tú eres la reina de las compras y todo es para ti.

La abuela masculló, inconforme:

—Pero mujer, si ya me queda poco tiempo en este mundo. Es tirar el dinero a la basura comprarme ropa que ni voy a usar tanto.

Elena le siguió el juego con una risa traviesa:

—Pues perfecto, si te la pones una vez al día para pasear en el jardín, le sacaremos mucho provecho.

—¡Qué disparate! ¡Dios me libre de semejante derroche!

Finalmente, la anciana se probó el abrigo, pero como las mangas le quedaban demasiado largas y arrastraban un poco, Elena decidió no llevárselo.

Siguieron recorriendo la plaza y entraron a una exclusiva boutique, donde se toparon frente a frente con Beatriz Molina.

Beatriz lucía demacrada; parecía haber envejecido una década en tan solo unos meses.

Los últimos años se la había pasado sumida en un espiral de problemas de salud. Había sido un milagro que esos días recobrara algo de energía, y fue su hija Isabela quien casi la arrastró a dar un paseo.

Al ver a Elena, que aunque lucía con más curvas por el embarazo, irradiaba una belleza deslumbrante y una elegancia insuperable, Beatriz e Isabela no pudieron evitar que la bilis de la envidia se les subiera a la garganta. Esa ropa y esos accesorios que traía no eran nada baratos; Elena se veía de la más alta alcurnia.

En marcado contraste, el Grupo Romero estaba de capa caída y atravesando una severa crisis. A esto se sumaba que Diego se negaba rotundamente a buscar otra esposa, y que la condición cardíaca del pequeño Maxi era una bomba de tiempo. Con todas estas desgracias ahogándola a diario, no era raro que Beatriz se viera al borde del colapso.

Al notarlas, Elena no hizo el más mínimo esfuerzo por saludarlas; simplemente tomó del brazo a su abuela e intentó darse la vuelta para salir de ahí.

Pero, sin aguantarse el coraje, Isabela le bloqueó el paso y alzó la voz:

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