La anciana Carmona cortó la llamada, temblando de furia.
Alejandro guardó su celular y miró a Elena, quien bebía un vaso de agua con tranquilidad.
—Lo siento —le dijo él en voz baja.
Elena estiró la mano y entrelazó sus dedos con los de él.
—Alejandro, no tienes por qué disculparte por las acciones de otros. Además, te aseguro que sé cómo defenderme sola.
Sabía que, al estar con él, cruzar caminos con la élite y la familia Vargas era inevitable.
Pero mientras Alejandro estuviera a su lado, tendría el coraje suficiente para enfrentar a cualquiera.
***
El lanzamiento del nuevo medicamento fue un éxito rotundo.
Llovieron propuestas de asociaciones médicas para colaborar con el Grupo Vargas, y Elena recibió un jugoso bono por su trabajo.
Con ese dinero, se compró un auto nuevo.
El deportivo que Alejandro le había dado era demasiado llamativo, así que casi nunca lo usaba.
Ahora tenía un elegante auto blanco de gama media-alta que le había costado sus buenos ahorros, perfecto para ir y volver del trabajo sin llamar la atención.
Alejandro insistió en regalarle uno mejor, pero ella se negó en rotundo.
Si aparecía en la oficina con un vehículo de edición limitada, los rumores sobre su vida privada se dispararían.
En plena campaña publicitaria del medicamento, mantener su matrimonio en secreto era la jugada más inteligente.
Esa noche, Elena acompañó al director Herrera a una importante gala del sector farmacéutico.
La anciana Carmona, dos ejecutivos del Grupo Carmona y Adriana también estaban allí.
Durante el evento, la anciana se dedicó a presentar a Adriana ante los magnates más influyentes de Ciudad del Norte.
Bajo el ala protectora de la anciana, Adriana se convirtió en el centro de atención.
El director Herrera miró la escena con desdén y le murmuró a Elena.
—Hay que ver la suerte que tienen algunas. Con la clase de víbora que es, y logró engañar a la anciana Carmona.
Elena solo sonrió, sin decir una palabra.
Por dentro pensó que, en realidad, Adriana y la anciana Carmona estaban hechas de la misma madera venenosa.
Sin embargo, la anciana seguía siendo la abuela de su esposo, y el director Herrera era un empleado del Grupo Vargas. Podía criticarlas con su amiga Isabel a puerta cerrada, pero jamás frente a sus colegas de trabajo.

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