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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 524

Alejandro no pudo aguantar la carcajada.

—Quién sabe, capaz en un futuro sí lo tengamos.

***

El jueves por la noche, Elena fue a la casa de la señora Bianca a cenar.

La que fue a abrir la puerta era Eulalia.

Con una sonrisa, se dirigió a Elena:

—Mamá me avisó que vendrías a cenar y eso me pone muy contenta.

Mientras hablaba, se abalanzó con mucha intimidad para tomar a Elena de la mano.

Elena no sintió ninguna simpatía por este gesto, pero dejó que la guiara con una sonrisa meramente educada.

La señora Bianca vio a Elena y una pizca más de suavidad apareció en sus ojos.

Pero, al observar el aparente cariño con el que Eulalia la trataba, se encendieron las alarmas en su mente por instinto.

Tenía que vigilarla a toda costa para cerciorarse de que no le pusiera una mano encima.

Eulalia le habló a Bianca:

—Mamá, nunca creí que mis gustos serían tan similares a los tuyos. A las dos nos simpatizó Elena al momento de cruzarnos con ella.

Bianca se limitó a seguir su rol de madre comprensiva.

—Sí, recién estás instalándote, es normal que te cueste empezar a formar relaciones por tu cuenta. Me preocupaba que no pudieras integrarte al país, pero me parece bárbaro que logren forjar una amistad.

Eulalia, con una sonrisa apacible, argumentó:

—No tienes que mortificarte por eso, soy de adaptarme bastante rápido.

Durante el almuerzo, Bianca se encargó de pasarle a Elena los platos que más le fascinaban.

En cambio, todo lo que le ofreció a Eulalia eran alimentos que Elena detestaba.

Eulalia, con gran lástima en la mirada, le sugirió a Bianca:

—Mamá, deberías de alimentarte más. No te vi darle ni un bocado a nada.

Bianca solo respondió asintiendo con la cabeza, sin borrar su sonrisa amable.

Justo en ese entonces, el timbre se hizo eco en la casa.

Eulalia ofreció ir a ver quién era.

—Voy a abrir la puerta.

En el umbral se encontraba Hugo. Eulalia esbozó otra sonrisa al verlo.

—Papá, qué bueno que apareciste. Justo estábamos terminando de cenar. Pasa y sumate a nosotras.

Hugo se abrió paso cargando un enorme ramo de rosas.

No pudo esconder la tensión que le invadió cuando divisó a Bianca en la mesa.

—Bianca.

Bianca dejó reposar los cubiertos y dijo, con una sonrisa que no llegó a sus ojos:

—Eulalia, ya te había dicho que no quería volver a ver a este hombre dentro de mi casa.

Eulalia, en total conflicto, trató de convencerla:

—Mamá, pero él es mi padre. Sé que no han estado en buenos términos, pero ¿podríamos olvidarnos de esto por esta noche y tener una comida tranquila los tres juntos?

La expresión de Bianca se ensombreció.

—Eulalia, tienes total libertad para irte con él si quieres, pero no hay forma de que le deje sentarse a mi mesa.

Eulalia se ofendió, dirigiendo la vista al suelo con obvio dolor.

Elena no tenía forma de cargar todo ella misma, por lo que Bianca propuso que la empleada se encargara de llevarle el bulto al vehículo.

Afuera de la propiedad, notó el automóvil de Hugo aún varado en el lugar.

Dejó entrever una burla en su rostro.

Realmente el director Valiente era un asco. Se le ocurrió la idea de utilizar a Eulalia para ablandar el corazón de la señora Bianca, pero al final le salió todo mal.

Adentro del coche, Hugo indagó por sobre el hombro de Eulalia:

—Dime que Bianca todavía cree que eres su hija...

Eulalia se mantuvo cabizbaja:

—Sí, todavía me cuida como oro y se muestra sumamente atenta.

Hugo suspiró amargado:

—Durante todos estos años no le resté valor a lo que sentíamos, ni siquiera rehíce mi vida, y la desgraciada solo me responde con total indiferencia.

Eulalia intentó alivianar su frustración:

—Director Valiente, no se desanime, intentaré abogar por su causa para que se ablande un poco y decida perdonarlo de una vez.

—Mhm, te veo como una persona con mucha razón. —Hugo le alabó con entusiasmo.

Trató de imaginarse qué harían los gemelos; si hubiesen estado ahí, probablemente lo apoyarían incondicionalmente para que volvieran a hacer las paces.

Cualquiera soñaría con ver a sus padres como una familia feliz y plena.

Por el esfuerzo, se tomó la molestia de hacerle una transferencia de dinero al teléfono de Eulalia.

—Para agradecer tu intervención de hoy, quiero obsequiarte algo más. A ver si te animas a hablar de mí con mucho más favor en el futuro, ¿entendido?

Al notar la transferencia con tantos ceros, Eulalia se iluminó con genuina codicia.

—Trataré de ser fiel a mis palabras, cuente conmigo.

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