Dante miraba a su esposa con ojos llenos de amor y compasión.
Aunque Bianca había despertado, su mente aún estaba envuelta en una neblina de confusión.
—Por ahora, la paciente requiere descanso absoluto —les advirtió la enfermera—. Les pido que no la saturen; hay que dejar que se recupere a su propio ritmo.
Alejandro estaba a punto de revelar el parentesco entre Elena y la señora Bianca, pero al verla tan frágil, prefirió esperar.
A excepción de Dante, todos los demás salieron de la habitación.
Hugo no desaprovechó la oportunidad al ver a Elena, soltando un bufido de desprecio.
—Tú hiciste que Isidora se separara de su madre y tuviera que regresar a Ciudad del Norte —se burló Hugo—, ¿y todavía tienes el descaro de venir a ver a Bianca?
—Fui bastante compasiva al no denunciar a Isidora a la policía después de lo que me hizo —respondió Elena con sarcasmo—. Además, la señora Bianca es una persona sumamente razonable, no como usted, que ni siquiera sabe distinguir el bien del mal.
—¡Qué lengua tan afilada tienes! —exclamó Hugo, enrojeciendo de ira.
—Elena, sé un poco más cortés con el director Valiente —intervino Diego, temiendo que ella se excediera—. Y además, él no se equivoca. Isidora se fue por tu culpa. Cuando la señora Bianca despierte y no la vea, seguramente se pondrá muy triste.
—¿Y encima tengo que quedarme aquí escuchando cómo me culpan siendo yo la víctima? —soltó una carcajada fría Elena—. Es el colmo.
Diego frunció el ceño; sentía que Elena cada día se volvía más obstinada.
—Director Valiente, director Romero —interrumpió Alejandro con voz profunda, poniéndose del lado de Elena—, fui yo quien obligó a Isidora a largarse de Ciudad del Río; esto no tiene nada que ver con Elena. Y les exijo a ambos que, de ahora en adelante, la traten con el respeto que merece.
A Hugo y a Diego les hirvió la sangre al ver cómo Alejandro la defendía.
Uno sentía que era una injusticia para Isidora, mientras que el otro se consumía de celos.
Cansada de la discusión, Elena decidió marcharse junto a Alejandro.
Al subir al auto, ella no pudo contenerse más y explotó:
—¡Hugo es un hombre detestable! Con razón la señora Bianca no lo quiere.
Las palabras de Elena despertaron una duda en la mente de Alejandro.
Elena no solo era hija de la señora Bianca, también lo era de Hugo.
Quizás podría abrir su corazón a su madre, pero... ¿sería capaz de aceptar a un padre así?
—Si la señora Bianca lograra encontrar a sus hijos y Hugo también quisiera acercarse a ellos, ¿crees que los niños lo aceptarían? —le preguntó con curiosidad.
Elena lo pensó un instante.
—Me encantaría que la señora Bianca encontrara a sus verdaderos hijos, pero si tuvieran a alguien como Hugo de padre, serían bastante desafortunados. Tener a un hombre tan irracional y encima tan ciegamente devoto de Isidora... seguro les traería más de un dolor de cabeza en el futuro.
Esa respuesta convenció a Alejandro de que aún no era el momento de soltar la bomba.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico