—No hace falta —respondió Elena—. Bajaré a hablar con él.
Supuso que venía a reclamarle después de haber escuchado las quejas de Beatriz.
Como no sentía que hubiera hecho nada malo, caminó hacia él con una expresión de total serenidad.
—Elena.
Al verla tan fría y distante, Diego sintió que la frustración le quemaba el pecho, pero intentó tragar su orgullo.
—Sé que te mentí en el pasado, pero te di muchas cosas para compensarlo, ¿no es así? El dinero, la casa, el auto que te regalé... nunca te pedí que me devolvieras nada. ¿Qué necesidad tenías de manchar mi nombre y el de mi familia frente a la señora Valverde? ¿Tienes idea de las pérdidas millonarias que enfrentará nuestra empresa si se rompe ese contrato?
El tono de Elena era gélido.
—No me importa si me crees o no, pero jamás crucé una palabra con la señora Valverde sobre lo que pasó entre nosotros. Si ella investigó por su cuenta, es asunto suyo. Si tanto les urge salvar su contrato, deberían estar rogándole a ella, no perdiendo el tiempo conmigo.
—Aun si no fuiste tú quien se lo dijo, es evidente que tienes una excelente relación con ella. ¿No podrías, por los buenos tiempos que vivimos, hablar con ella y abogar por nosotros?
Elena soltó una carcajada amarga y seca.
—¿Los buenos tiempos? Diego, cada vez que me lastimabas, me dabas regalos costosos o dinero. Eso no era tratarme bien, era tu forma barata de comprar tu propia tranquilidad y lavar tus culpas. No vuelvas a buscarme. No te voy a ayudar y no quiero volver a verte en mi vida.
—Elena, entiendo que ya no quieras estar conmigo, pero ¿de verdad tienes que ser tan cruel? Hubo amor entre nosotros, ¿ya lo olvidaste?
Elena lo miró como si fuera un completo extraño.
—Lárgate de una vez, Diego.
El rostro de Diego se paralizó por completo.
Mientras la veía darle la espalda y alejarse hacia la entrada, un pánico sordo, frío e inexplicable se apoderó de su pecho.
***
Esa noche, cuando Alejandro llegó, Elena le entregó el reloj.
—Un regalo adelantado por tu cumpleaños.
Alejandro abrió la pequeña caja y sus ojos se abrieron con genuina sorpresa.
—¿Gastaste una fortuna solo para comprarme este reloj?
Elena asintió con una leve sonrisa.
—Sí. ¿Te gusta?
Él siempre la colmaba de obsequios lujosísimos, y ella rara vez tenía el capital para corresponderle con algo del mismo calibre.
Quería esforzarse más, crecer profesional y económicamente para poder estar a su nivel y acortar la brecha que existía entre ellos.
Los ojos de Alejandro se llenaron de una ternura infinita.
—Me fascina. Pero escúchame bien: a partir de ahora, cuida tus ahorros. Para todo lo demás, tienes la obligación de gastar mi dinero. ¿Quedó claro, señora Vargas?
Elena lo pensó un segundo y lo miró a los ojos con total seriedad.


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