Sin darse cuenta, condujo hasta detenerse frente a un complejo residencial.
Y entonces, la vio. Elena, Alejandro, la abuela Navarro y Ariadna estaban allí.
La abuela Navarro metió unas bolsas en el maletero del coche de Alejandro y luego se despidió con la mano.
La voz de Ariadna resonó clara, y Diego la escuchó a la perfección:
—¡Adiós, prima! ¡Adiós, señor Alejandro!
Diego sintió como si le hubieran clavado un puñal en el pecho.
Elena ya había presentado a Alejandro a su familia. Y lo peor: la abuela Navarro y Ariadna lo habían aceptado sin dudar.
Él había dado tanto por la familia Navarro en el pasado, jamás había escatimado en gastos, ¿y lo olvidaban así de fácil?
Diego clavó la mirada en el auto de Alejandro, cegado por unos celos tan venenosos que golpeó el volante con furia.
En lugar de ir a casa, buscó un bar tranquilo para ahogar sus penas en alcohol.
Eulalia, que casualmente estaba tomando algo en el mismo lugar, lo vio y se acercó con una sonrisa.
—Diego, ¿qué haces aquí bebiendo solo?
Como habían coincidido en varios asuntos de trabajo, Diego había empezado a considerarla una confidente. Incapaz de contenerse, le desahogó lo que acababa de presenciar.
Un destello de asombro cruzó la mirada de Eulalia. ¿Alejandro ya había conocido a la familia de Elena?
Sin embargo, recuperó la compostura al instante. Conocer a la familia no garantizaba nada. Si a Alejandro de verdad le importara Elena, ¿por qué no la llevó como su pareja a la fiesta de cumpleaños de la abuela Vargas? Estaba claro que su amor no era tan profundo como aparentaba.
Mirando al abatido Diego, le preguntó con una sonrisa sutil:
—Diego, ¿todavía sientes algo por Elena, verdad?
Al ver que él no respondía, Eulalia continuó:
—No entiendes a las mujeres. Una mujer jamás olvida a su primer amor. Ningún hombre que venga después podrá ocupar ese lugar.
Un atisbo de esperanza brilló en los ojos de Diego.
De acuerdo, avísame cuando llegues, respondió ella.
Entró sola y comenzó a recorrer la galería hasta que se topó con dos rostros conocidos: Amelia y Héctor.
Decidieron recorrer la exposición juntos. Al rato, Héctor se excusó para ir a comprarles algo de tomar.
Elena notó un anillo en el dedo anular de Amelia y preguntó con curiosidad:
—¿Héctor te pidió matrimonio?
—¡Qué va! —rio Amelia a carcajadas—. Fui yo quien se lo pidió, y él dijo que sí.
Elena sonrió, contagiada por su alegría.
—Seguro piensas que fui muy lanzada, pero es que me encanta. Ay, desde que somos novios, me cocina, me limpia el apartamento y hasta me transfiere su sueldo. Dime tú, si fui yo quien lo conquistó, ¿por qué es él quien se desvive por mí?
Siguieron caminando y charlando animadamente, hasta que Amelia recibió una llamada de Héctor. Su expresión cambió drásticamente.
—Vamos para allá ahora mismo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....