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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 969

—Solo quiero cambiar de auto, ¿acaso no se puede? —rechinó los dientes la señora Vargas.

Su auto favorito acababa de lanzar un nuevo modelo de edición limitada; le resultaba imposible no comprarlo.

—Tienes demasiados bienes. Puedes vender algo para comprar tu auto —dijo Alejandro, y de inmediato cortó la llamada.

La señora Vargas apretó los dientes, furiosa.

Si empezaba a liquidar sus bienes, ¿no se burlaría la gente pensando que se había quedado sin dinero?

Jamás cometería una estupidez tan humillante.

Como no podía resignarse a perder ese auto nuevo, se dirigió al gerente de ventas.

—Voy a ir a casa por otra tarjeta. Sepárame este vehículo por ahora.

Dicho esto, la señora Vargas se dirigió a Residencial Ébano.

Elena acababa de regresar del trabajo, llevando fruta y el bolso de Bianca Alvarado.

Justo antes, en la planta baja, había visto a Bianca jugando con la pequeña Aurora. Inicialmente, Bianca iba a subir con ellas, pero como Aurora se negó a entrar a casa, Bianca le pidió a Elena que subiera su bolso primero.

Cuando la señora Vargas vio ese bolso, el último modelo de la codiciada marca G, abrió los ojos de par en par, consumida por la rabia.

Alejandro no estaba dispuesto a darle dinero para cambiar de auto, pero sí gastaba a manos llenas para comprarle un bolso tan caro a Elena.

Era cierto lo que decían: cuando un hombre consigue esposa, se olvida de su madre.

Ella sabía muy bien que Alejandro había hecho una notarización de bienes compartidos. Ahora, la mitad de la fortuna de su estúpido hijo le pertenecía a Elena Navarro.

Seguramente era Elena quien le metía ideas en la cabeza, diciéndole que no le diera dinero a su madre, y por eso Alejandro le había restringido las tarjetas de crédito.

Antes de que Elena apareciera en sus vidas, Alejandro jamás cuestionaba sus gastos ni sus inversiones.

Dio un paso al frente y la confrontó.

—Elena, no te pases de lista. El dinero es de mi hijo y yo, como su madre biológica, lo gasto como me da la gana. ¿Quién te crees para venir a darme órdenes? Siempre te llenaste la boca diciendo que no estabas con mi hijo por su dinero. Pues bien, explícame ahora, ¿por qué controlas cómo gasta su fortuna?

Elena frunció el ceño. ¿Qué mosca le había picado ahora a la señora Vargas?

Sin molestarse en responderle, tomó el bolso y la fruta, dispuesta a entrar.

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