Nicolás revisaba varios papeles en su oficina. Estaba un poco estresado, porque después de la revelación de la gran diseñadora en Atelier, sus ventas cayeron en picada.
—Si las cosas siguen así, Gabriel me superará —murmuró para sí mismo—. Esto es malo.
Todo por haber despedido a su último diseñador. No entendía por qué le dio diseños de tan baja calidad, si él no era así.
Suspiró, echándose hacia atrás en la silla.
Nicolás ya estaba preparado para que Atelier se posicionara como la mejor marca durante un tiempo, hasta que la colección de Helena saliera a la luz.
—Paciencia, Nicolás —añadió, un poco frustrado.
Su corazón se aceleró del susto cuando alguien casi tumbó la puerta. Estaba prohibido entrar de esa forma sin antes tocar.
—¡Nicolás! —gritó Helena—. Necesito tu ayuda urgente.
Él se ofendió un poco.
¿No lo tomaba en serio?
—¡Está prohibido entrar como si fueras un animal, Helena! ¿No has leído las reglas de la empresa? —se quejó, sonó como un regaño para ella—. Por favor, no querrás ser despedida por algo como esto.
Se sobó la frente, pasando el susto que le dio esa mujer.
—Te ruego que me lleves al hospital. Le han disparado a mi madre y estoy segura de que Gabriel y Diana tienen algo que ver —soltó, dejando al CEO en shock.
Nicolás no sabía qué sentir exactamente. Su cuerpo se movió por sí solo, como si ya estuviera configurado para responder a la preocupación de Helena.
Se levantó, tomó las llaves del auto y se puso el saco que colgaba en la silla. A Helena le sorprendió mucho su reacción instantánea, pero estaba más preocupada por el estado de su madre.
—Vamos —indicó él.
La castaña lo siguió.
Ambos salieron del edificio y se subieron al auto de Nicolás. Helena quedó embelesada porque estaba brillante y bien cuidado. Los sillones de cuero eran suaves, y el asiento de copiloto se podía echar hacia atrás para más comodidad.
—¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué dices que le han disparado a tu madre? —interrogó.
Los labios de Helena temblaron un segundo, estaba nerviosa.
Ella le contó todo a Nicolás. Desde que Gabriel le regaló el departamento en el pasado, hasta su sospecha sobre Diana.
Nicolás tenía la vista fija en la carretera y las manos al volante. Conocía a su hermano, y estaba seguro de que no mandaría a sus hombres a dispararle a una señora.
—Estoy seguro de que fue Diana —comentó.
—¿También piensas lo mismo? Es que Gabriel es muy estúpido para hacer algo de semejante tamaño —añadió ella, con la mano en el mentón—. Digo… nunca antes había usado a sus hombres para herir a alguien.
—Exactamente. Es un cobarde —se mofó Nicolás—. ¿Y dices que ella era tu mejor amiga?
Helena bajó la cabeza, decepcionada de todo lo que hizo por Diana, para ser apuñalada por la espalda. Trató de recordar en qué falló, o si le hizo algún daño en el pasado…
Nada.
La mente de Helena estaba en blanco. Ella fue buena con Diana, sobre todo por los problemas familiares que tuvo desde niña.
—Ella no era así. O tal vez fue muy buena actriz para fingir sus sentimientos —murmuró, mirando por la ventana—. Es como si hubiera cambiado de la noche a la mañana.
Cuando se detuvieron en un semáforo, Nicolás colocó su mano sobre la de Helena para darle apoyo.
—Existen personas malas en este mundo que son felices al dañar a otros. No te culpes.
Helena notó lo enorme que era la mano de su jefe. Tragó saliva, porque ese gesto fue consolador y extraño a la vez. Aunque la confundió, Helena sintió que el apoyo de Nicolás era genuino.

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