Cuando se enteró de que en el muelle había habido un pleito entre gente del hampa, se preocupó todavía más.
—¿Bueno? Cici, ¿dónde estás? —preguntó Saúl, desesperado.
—Estoy bien.
—Ya es tardísimo y no has regresado. El Sr. Galindo y la Sra. Galindo están bien preocupados. ¿Dónde andas? Paso por ti.
—Ya casi llegamos al muelle. Diles que no se angustien, estoy bien.
Berta, recargada en la pared, oyó a Cecilia hablando por teléfono y volteó a verla.
Sin saber por qué, le cayó una tristeza encima.
Esa noche había quedado humillada, la habían secuestrado y había hecho el ridículo.
Tan tarde y sin volver a casa… aparte de su mamá, ¿quién iba a preocuparse por ella?
En poco tiempo la lancha atracó. Cecilia y las demás bajaron.
Saúl ya estaba esperando.
—¡Cici! —Saúl se acercó y la abrazó de inmediato.
—¿Estás bien? Me tenías con el alma en un hilo —dijo, aliviado.
Toda la noche había sentido que algo no estaba bien.
Y al verlas bajar… todas, menos Cecilia, venían en condiciones terribles. Era obvio que había pasado algo.
—Estoy bien —Cecilia lo apartó un poco—. Hay gente viendo.
Berta sostenía a Estela. Las dos se quedaron sorprendidas al ver a Saúl y Cecilia abrazados.
¿No que el prometido de Cecilia era repartidor?
Pero él traía un traje a la medida; ese día se veía impecable, con porte de alguien importante. Y con Cecilia… se veían demasiado bien juntos.
—A ver, señor Rivas… ¿nomás te importa Cecilia y las demás qué? —Martina lo molestó.
—Ya fue una noche pesada para todas. Miren, voy a mandar a alguien para que las lleven a casa —les dijo Saúl.
Sobre todo Berta y Estela: venían hechas polvo; era evidente que habían pasado por algo.
Saúl lo hacía también por Cecilia.
La casa de Martina quedaba más cerca, así que la dejaron primero.
Luego siguieron con Estela y Berta.
Lo de esa noche traía a Berta intranquila.
Sobre todo Saúl: alto, guapo, el carro de lujo… y todavía mandando gente a llevarlas.
Entonces… ¿sí era repartidor o no?
—Oiga… ¿ese señor Rivas del que habla es el del Grupo Rivas? —preguntó Berta.
—Sí. En toda Ciudad de San Martín, el único que se hace llamar así es de la familia Rivas. Y ahorita el señor Rivas ya es el director general.
Berta: “…”
Ella y Estela se miraron.
—¿Cómo va a ser? Yo me acuerdo que antes… según era repartidor —no pudo evitar decir Estela.
—¿Repartidor? Señorita, no me haga reír. ¿Cómo cree que el señor Rivas va a andar repartiendo? Para los negocios es un fregón. Ustedes seguro lo confundieron.

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