—Siéntense, siéntense —les dijo Karina a todos.
Cecilia, sin llamar la atención, le echó una mirada rápida a Zacarías.
Lo entendió todo, pero siguió comiendo como si nada.
—Oye, ayúdame —le susurró Mónica a Cecilia—. Mira: mi papá ya nomás lo ve a él. Ya ni existimos tú y yo. Desde que llegó, nos borró.
—Es la primera vez que viene. Obvio lo van a atender. Y es el hijo del compañero de tu papá; eso pesa. Aguanta tantito —dijo Cecilia.
Mónica ya ni tenía hambre.
Casarse con un tipo así… prefería meterse de monja.
—Zacarías, prueba este platillo. Es lo más famoso del hotel, está buenísimo. A Mónica le encanta —dijo Damián, y le sirvió.
—Gracias, señor Fonseca —respondió Zacarías, y todavía miró a Mónica de reojo.
Como si la estuviera picando.
A Mónica le dieron ganas de aventar el tenedor.
“Qué coraje…”, pensó.
—Mira nada más qué orgulloso… como si fuera el hijo de mi papá.
Cecilia no dijo nada. A ella, la verdad, le parecía que ese compromiso no estaba tan mal.
Del otro lado, Zacarías también le echó una mirada discreta a Cecilia; le resultaba extrañamente familiar.
Le recordaba a su Jefa.
Antes, en el grupo, la Jefa siempre usaba una máscara con forma de media luna; nadie había visto su cara.
Pero su silueta… esa sí la tenían grabada. Desde chicos entrenaban juntos.
—Zacarías, ¿y tu mamá cómo está? Tu papá se fue muy pronto… y ella te sacó adelante sola. No fue nada fácil —preguntó Damián, con interés.
—Está bien, señor Fonseca. No se preocupe.
Al mencionar al papá de Zacarías, a Damián le pesó el corazón.
Él se sentía culpable.
El papá de Zacarías había sido su compañero; en aquellos años, se jugaron la vida juntos, como hermanos de guerra.
En una misión, para proteger a Damián, el papá de Zacarías murió.
Era una herida que Damián no podía cerrar: ver morir a su mejor amigo frente a él.

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