Cecilia se quedó sin palabras.
—Es broma, es broma. Pero cualquier cosa me marcas —dijo Saúl, ya más suave.
—Ajá. —Cecilia entró.
En eso notó que su celular vibraba.
Un ícono dorado parpadeaba.
Lo levantó: era un mensaje de Cristóbal.
[Jefa, ¿cómo va tu vida? Salirme del grupo está bien aburrido.]
Cecilia se quedó viendo la pantalla, pensativa. ¿Y este qué… nomás estaba quejándose?
Cecilia: [¿Y según tú te va mal?]
[No, o sea… hoy voy a conocer a la persona con la que me quieren casar. Mis papás me arreglaron algo con una niña rica, pero yo no me quiero casar.]
Cecilia se quedó callada.
De pronto entendió algo.
Cecilia: [Hazle caso a tus papás.]
Después de mandar eso, guardó el celular.
—¡Amiga! —Mónica la vio y se le aventó encima.
—Ya, no me abraces. Mejor dime qué onda.
—Apenas llegué. Te estaba esperando. Ni he subido. Vamos juntas: si está feo, tú le dices a mi papá que lo cancele. ¡Yo con esos hombres ni loca! Mejor me caso contigo, ja, ja, ja.
Cecilia no respondió.
Mónica se le colgó del brazo y se la llevó al elevador.
En un salón privado de lujo, Damián y su esposa ya estaban esperando.
—¿Y Mónica? ¿Por qué tarda tanto? ¿No me digas que ya no vino? —preguntó Karina Cabrera de Fonseca.
—No, sí viene. Me lo prometió. Yo conozco a mi hija —dijo Damián.
Mónica podía hacerse la que no podía con nada, pero era muy buena hija.
Sabía que él no estaba bien de salud y, al final, obedecía.

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