Mateo miró a Iván sin decir una sola palabra y le soltó una cachetada.
¡Paf!
La cara de Iván ya estaba hecha polvo y, con ese golpe de su papá, la herida se le abrió otra vez; se le volvió a manchar de sangre la comisura de los labios.
—¡Papá! ¿Tú… tú por qué me pegas? —Iván puso cara de tragedia y casi se le quiebra la voz.
—¡Te pego por eso mismo! ¡Te dije que no te metieras con esas cosas y aun así ayudaste a moverlas a escondidas! ¿Tienes idea de lo que hiciste? ¡Por tu culpa, Grupo Urbina perdió en una noche más de cien mil millones en valor! ¡Eres un bueno para nada!
Iván bajó la cabeza, con un tono agraviado.
—Papá, ya no te enojes… Me dejé llevar, le dije que sí a un amigo sin pensar. ¿Cómo iba a saber que se iba a poner así? Ya no va a volver a pasar.
—¿Todavía hablas de “ya no va a volver a pasar”? ¡Esta vez nos vas a hundir a todos! —Mateo apretó la mandíbula, furioso de que su hijo no entendiera.
Iván se quedó callado, con la mirada clavada en el piso.
—La empresa está en crisis y tú nomás sabes meterme en broncas —Mateo sintió que le iba a estallar la cabeza.
En ese momento entró su asistente.
—Señor Urbina, el director de Grupo Alcántara ya aceptó recibirlos.
—¿De veras?
—Sí, señor. ¿Quiere ir ahora?
—Sí. Vamos. Si logramos que Grupo Alcántara se ponga de nuestro lado, salimos de esta.
Mateo fulminó a Iván con la mirada.
—¿Y tú qué esperas? Arréglate y vienes conmigo a ver al director de Grupo Alcántara.
—Sí, papá.
Padre e hijo llegaron al hotel con el estómago hecho nudo.
—Papá, ese director, Lorenzo… es casi imposible de ver. Antes lo buscaste varias veces y ni te peló. ¿Por qué ahora sí aceptó? —preguntó Iván.

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