¡Paf!
Mateo le acomodó otra cachetada a Iván.
—¡Cállate! —rugió.
Ese hijo suyo era un dolor de cabeza.
Con una sola mirada, Mateo entendió que Lorenzo ya no era alguien al que se pudiera aplastar como antes.
—Papá… —Iván no entendía por qué lo golpeaba.
Mateo lo ignoró y volvió a hablar, ahora con tono conciliador:
—Lorenzo… haya pasado lo que haya pasado, al final somos familia. Esta vez la empresa de tu papá está pasando por un problema serio. Si Grupo Alcántara nos echa la mano, no se me va a olvidar. Y tú… no te quedes con rencores. No te pongas a pelear con tu hermano.
Luego volteó hacia Iván.
—Iván, ya. Discúlpate con tu hermano.
—¿Yo? ¿Pedirle perdón? ¿Por qué? —Iván apretó los dientes.
Años atrás, él había hundido a Lorenzo hasta el suelo. Creyó que Lorenzo y su mamá ya se habían ido de Ciudad de San Martín.
Y resulta que no: se escondieron… y de la nada, Lorenzo apareció como director de Grupo Alcántara.
—Discúlpate. Y si hoy no lo haces, olvídate de que tienes papá —dijo Mateo, tajante.
Iván vio que iba en serio y no le quedó otra que dar un paso al frente.
—Perdón —soltó, de mala gana.
Mateo sonrió, forzado.
—Lorenzo, mira, ya te pidió disculpas. Lo de antes… déjalo pasar.
—¿Dejarlo pasar? ¿Con un “perdón”? —Lorenzo alzó la mirada—. Entonces yo lo mato y luego te digo “perdón”. ¿Te parece?
Mateo respiró hondo, una y otra vez.
—¿Qué quieres para que lo dejes atrás?
—Que se humille. Que venga a pedirme perdón de frente y en público, como se debe. Diez veces. Y que diga claramente que se equivocó.

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