Vio que todos hacían fila con su charola para que les sirvieran, así que ella hizo lo mismo.
En poco le tocó.
Frente a ella había varias bandejas con guisos… que, la neta, se veían de la fregada.
—Señorita, ¿qué le sirvo? —preguntó la persona que estaba sirviendo.
—¿Esto… de verdad se puede comer? —dijo Mónica, con cara de asco.
La otra persona cambió de expresión al instante.
—Oiga, ¿y esa forma de hablar? Si “no se puede comer”, ¿entonces a qué viene? Si no le gusta, no coma. Aváncele, que atrás hay gente esperando.
Mónica, sin opción, señaló unos platillos al azar.
La persona metió el cucharón, pero lo inclinó para tirar la carne y le sirvió puro caldo. —Oye, no seas coda, ¡échale carne! ¿O qué, la pagas tú? —preguntó Mónica.
La fulminó con la mirada, le aventó la charola y dijo:
—Siguiente. Muévase.
Mónica se quedó callada.
Era la primera vez que comía en un lugar así y sentía que nada tenía sentido.
Con su charola, encontró un lugar vacío en una esquina.
Se sentó y empezó a comer.
Con el tenedor le movía al arroz… pero, comparado con un restaurante, la cafetería de la empresa estaba lejísimos.
¿De verdad los empleados comían esto diario?
Le dio dos mordidas y se le atoró. Pero pensando en que todavía le faltaba un buen rato de trabajo, se obligó a comer un poco más.
Estaba picando el guiso con el tenedor cuando salió algo negro, con dos dientes y unos bigotes.
—¡AAAAAA!
Mónica soltó un grito y se levantó de golpe.
El grito hizo que todos voltearan.
—¡No manches! ¿Qué pasó?
Mónica señaló la charola.
—¡Una rata! ¡Hay una rata!
Todos se acercaron y vieron que, efectivamente, ahí había… una cabeza de rata.

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