Cecilia ya no quería seguir enredándose con Ismael. Aceleró el paso para largarse de ahí.
Los que venían siguiéndola también se dieron cuenta de que Cecilia quería escabullirse. Como no había casi gente, era la mejor oportunidad.
Así que salieron siete u ocho tipos de la nada.
—Cecilia… —Ismael todavía quería decir algo, pero de pronto se vio rodeado y se quedó pasmado.
Cecilia los recorrió con la mirada, fría, apretando el puño sin decir nada.
Al ver a esos grandulones listos para aventarse, Ismael, contra todo pronóstico, se puso delante de Cecilia para cubrirla.
—¿U-ustedes quiénes son? ¿Cómo se atreven a meterse conmigo? —preguntó tartamudeando.
Se notaba que traía miedo.
Cecilia lo miró de reojo. Ella siempre había pensado que Ismael era de los que se rajan a la primera.
Pero en ese momento, él sí se plantó frente a ella.
Le sorprendió un poco. Al parecer, el tipo no estaba del todo perdido.
Ellos ni pelaron a Ismael. Se fueron directo a atacar a Cecilia.
—¿Saben quién soy? ¡Soy Ismael Salinas! ¡Si se meten conmigo, están muer…! —alcanzó a soltar, fanfarroneando.
No terminó la frase: vio venir un puñetazo directo a la cara.
Pegó un grito del susto.
Pero el golpe no le cayó a él.
Cecilia soltó un puñetazo brutal y tumbó al hombre que venía encima.
El tipo se fue hacia atrás varios pasos, con la cara llena de incredulidad.
¡Qué fuerza!
¿Una chava con esa potencia? No se lo creía.
Los demás se cruzaron una mirada y se le fueron encima en bola.
Cecilia empujó a Ismael a un lado y se agarró a golpes con ellos.
¡Pum!
De una patada tiró al que tenía enfrente y luego remató con otro golpe pesado.
¡Crac!
Se oyó clarito cómo tronó un hueso.
Ismael se quedó con la boca abierta. Ni se atrevía a acercarse; le daba miedo.
Cecilia dio un giro rápido, se colocó detrás de otro grandulón y le metió un golpe con la palma.
El hombre de inmediato escupió sangre.

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