De pronto, alguien se sentó frente a ella.
Mónica levantó la vista.
¿Zacarías?
¿Y él qué hacía comiendo en la empresa?
—¿Tú qué haces aquí? —preguntó Mónica.
—Hoy entré a trabajar a Grupo Fonseca como guardia. Ya soy empleado. Si no como aquí, ¿dónde voy a comer?
Zacarías tomó el tenedor, agarró un poco de comida y comentó:
—La neta hoy sí se ve decente. Se antoja.
Y se puso a comer como si nada.
A Mónica le pareció rarísimo. ¿Este idiota se metió de guardia?
No le hizo caso. Cuando terminó, salió y le marcó a Cecilia para contarle los avances.
Cecilia le dijo:
—La verdad también deberían sacar al gerente de servicios generales. Si ese tipo sigue ahí, el comedor tarde o temprano va a volver a lo mismo. Jara seguro hacía lo que él le decía; el verdadero parásito es ese gerente.
—Sí… ni le he preguntado a mi papá por qué no lo corrió también.
—Seguro el Sr. Fonseca no tiene pruebas. A un supervisor lo puedes correr con cualquier argumento; pero un gerente ya es otro nivel. Si no hay un motivo fuerte, no lo pueden sacar así nomás. Lo que tienes que hacer es conseguir evidencia. Ese tipo, estos años, de seguro se llevó una buena lana.
Lo que dijo Cecilia le dio un objetivo claro a Mónica.
—¿Y cómo saco pruebas? ¡Jara ya se fue! Y ni siquiera sé si vaya a soltar la sopa sobre el gerente.
—Tú traes a alguien contigo que te puede ayudar. Lo tienes ahí, a la mano —le recordó Cecilia.
Mónica volteó.
Zacarías estaba con un palillo en la boca, picándose los dientes.
Qué asco.
—Va. Ya entendí —dijo Mónica.
Entonces no le quedaba de otra: tenía que moverse.
Quitarle la mugre a la empresa también era parte de su responsabilidad.
***

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