—No pasa nada, mamá. Nomás… me da tristeza dejarte. Ojalá te hubiera encontrado antes —dijo Cecilia con una sonrisa.
Por dentro, se le estaba rompiendo el corazón.
Si hubiera conocido antes a los Galindo, no habría estado tan sola.
En la familia Valdés nadie la quiso. Siempre creyó que era porque no era niño, que por eso sus papás no la querían.
A sus cinco hermanos los tenían como reyes, mientras que a ella la mandaron al rancho, olvidada como si no fuera parte de la familia.
—Bueno, cuídate mucho en el camino.
—Sí.
Cecilia se fue a regañadientes. Tomó un taxi y se fue directo a Bahía Honda. Si todo salía bien, llegaría al día siguiente temprano.
…
Al día siguiente.
Saúl despertó con la cabeza pesadísima. En cuanto abrió los ojos, vio a Anaís a su lado.
De inmediato jaló la cobija y la miró a la defensiva.
—¿Qué haces en mi cuarto?
Anaís sonrió.
—¿Así de plano te doy miedo? ¿Por qué tan tenso? Me enteré de que ayer te emborrachaste… vine a ver cómo estabas.
—Lárgate —le soltó Saúl, duro.
—Saúl, no seas así… antes no eras así —dijo Anaís, haciéndose la ofendida.
—Te dije que te vayas. Me voy a levantar a cambiarme. ¿O qué, vas a quedarte a ver cómo se cambia un hombre? La señorita Calderón, toda una socialité… ¿y con esos gustos?
—Como gustes. Cámbiate, no te quito más el tiempo —dijo Anaís, dándose la vuelta con elegancia.
Saúl se metió a bañar, se cambió y entonces le sonó el teléfono.
—Saúl, ya contactamos a la gente de allá. Ahorita andan en Bahía Honda y nos citaron para platicar. ¿Vas a ir?
—Sí. En el jet. Me voy ya.
Traía el ánimo por los suelos; salir le iba a caer bien.
De paso, se alejaba un rato de ahí.

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