Saúl asintió.
Adrián se puso feliz como niño chiquito.
—¡Qué chido! ¡Qué chido! ¡Mi cuñado dice que no estoy tonto! —gritó Adrián, eufórico.
Al verlo tan simpático, Saúl no pudo evitar sonreír.
De pronto se dio cuenta de que, aunque ahí todo era más modesto, se estaba a gusto.
Alrededor había cerros y vegetación, y en la entrada hasta tenían un huerto con verdura; se sentía como vida de campo.
Ya casi anochecía.
Marina regresó del terreno con cara de preocupación.
—Adrián, ¿ya volvió Benjamín? —preguntó.
—No. ¡No lo he visto en todo el día!
—Este chamaco siempre ha sido bien raro… anoche se salió y hasta ahorita no regresa. ¡Me tiene con el Jesús en la boca!
Era domingo y no tenía clases. No sabían a dónde se había ido.
—Mamá, si quieres yo voy a buscarlo —dijo Cecilia, acercándose.
—Sí… porque si no, no me voy a quedar tranquila. Traigo el presentimiento de que algo va a pasar.
—¿Con quién se junta Benjamín?
—¡Yo sé! Con Javier Llorente, el hijo de la señora Sira. Siempre andan juntos —se adelantó Adrián.
—Va. Ahorita voy a la casa de los Llorente. No se preocupen.
Cecilia dijo eso y se encaminó a la puerta.
—¡Cici! —la llamó Saúl de pronto.
Cecilia se volteó a verlo.
—¿Qué pasó?
—Ten cuidado en el camino —le pidió.
—Sí, ya sé.
Saúl se quedó mirando cómo se alejaba. En ese momento, cuánto deseaba recuperarse pronto.
Así podría acompañarla.
Cecilia fue primero a casa de la señora Sira y vio que Javier se había salido a escondidas.
Lo siguió y le cerró el paso.
—¿Y… y tú quién eres? —preguntó Javier, mirando a la chica rara que tenía enfrente.
Benjamín, que estaba adentro, se espantó; creyó que alguien lo había encontrado.
Cuando vio a Cecilia y a Javier, se quedó helado.
—Benjamín… no te enojes conmigo. Ella me amenazó, y yo no puedo con ella —soltó Javier, y salió corriendo.
Cecilia vio a Benjamín tirado en la cama, con la cara llena de golpes. Traía una camiseta sin mangas y tenía varias heridas en el cuerpo.
—¿Qué te pasó? —preguntó Cecilia.
—No es tu problema —respondió Benjamín, frío.
A ese “hermana” que casi no había visto, no le tenía ningún cariño.
A Cecilia le valió. Se acercó y le jaló la oreja.
Benjamín gritó del dolor.
—¡Suéltame! ¿Cómo te atreves a jalarme la oreja? ¡Ni mi mamá me hace eso! ¿Tú qué eres o qué? ¡Lárgate… lárgate!
Benjamín no paraba de gritar y forcejear.
Cecilia se quedó firme, con las manos en la cintura.
—Soy tu hermana, y con eso me alcanza para ponerte un alto. A otros ni los volteo a ver. A ver, dime: ¿qué pasó? ¿Por qué no volviste a la casa en toda la noche y te escondiste aquí?

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