El carro de Mónica se sacudió y ella pisó el freno de golpe.
Chin…
¡Choque!
Quien la había golpeado era una moto.
Mónica traía un coraje terrible.
Ya venía de malas por lo del compromiso, y encima le chocaron. Se bajó de inmediato a reclamar.
—¿Qué traes o qué? ¿No ves por dónde vas? ¡Las motos van orilladas! ¿No sabes? —soltó, de malas.
El hombre miró su moto. Acababa de volver a Ciudad de San Martín y había sacado una moto vieja de su casa.
Apenas la había arreglado y ya se la habían pegado. Qué suerte.
—Oiga, señorita, aquí no dice que a fuerza tenga que ir “pegado a la orilla”. Yo iba derecho. La que se aventó a dar vuelta fue usted y todavía se enoja.
—¿Y porque ibas derecho ya con eso? Ibas hecho la raya. Si hay gente dando vuelta, ¡le bajas!
—Señorita, ¿sí va a razonar o no? —preguntó él, resignado.
—El que no razona eres tú. ¿A poco lo hiciste a propósito para que te pague? Te aviso: gente como tú ya me la sé. No creas que por ir derecho ya tienes la razón. De cualquier forma, me va a tocar pagar.
El hombre negó con la cabeza. ¿Todas las mujeres de Ciudad de San Martín eran así de necias?
Levantó la moto en silencio y se dispuso a irse.
—¡Espérate! ¿A dónde vas? ¿Te dio miedo? —Mónica le cerró el paso.
—Señorita, si dice que quiero sacarle dinero, entonces me voy y ya, ¿no?
—Ajá, te vas porque te da miedo que llame a la policía.
Él la miró, sin saber qué decir.
—¿Cuál miedo? Por una tontería así, ponerse aquí a estorbar el tráfico ya es una falta. ¿Usted sí sabe de leyes o no?
Mónica se puso peor. ¿Cómo que ella no sabía de leyes?
Primero iba a mover el carro a un lado y luego sí, a discutirle bien.
Antes era así y ahora también.
Martina pareció acordarse de algo.
—Se me olvidaba: a ti no te gustan esas cosas. Antes de que me juntara contigo, tú ni sabías lo que decían de ti a tus espaldas.
—¿Qué van a decir? Que soy sangrona, que me creo mucho… —dijo Cecilia, tranquila—. Simplemente no me gustan las reuniones. Cada quien sus gustos. Además, aunque no vaya, la cooperación nunca la dejo de pagar.
—Eso sí —se rio Martina.
En ese momento, Berta subió al frente.
Miró al grupo y dijo:
—Compañeros, sobre la convivencia, supongo que ya se enteraron. La maestra dijo que yo la organizara, así que espero que esta vez vayan todos. Nadie falta. Es lo que pidió la maestra.
Al decirlo, Berta volteó adrede hacia donde estaba Cecilia.
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