—¿Y yo por qué tendría que decirte? —replicó Benjamín, bien seco.
—Si no me dices, ahorita mismo le marco a mi mamá para que venga a verte así.
Mientras lo decía, Cecilia fingió sacar el celular.
Benjamín se apresuró a agarrarle la muñeca.
—¡No le marques! ¡No le marques! ¡Yo te digo!
Si Marina lo veía en ese estado, seguro se iba a preocupar otra vez.
—Fue… fue el ricachón de la escuela, Ignacio Cabrera. Sin querer lo hice enojar y desde entonces me trae entre ceja y ceja. Encima se juntó con un tipo de la maña, Federico, para que me diera una madriza. No pude con ellos y… y por eso quedé así.
Cuando terminó, Benjamín bajó la cabeza, muerto de vergüenza.
—¿Por eso no te animabas a regresar? ¿Porque te daba miedo que en la casa te vieran así y se preocuparan?
—Sí. —Asintió.
Cecilia lo agarró de la mano.
—Llévame. Vamos a buscarlos.
—No se puede… La familia de Ignacio tiene lana y se lleva pesado con Federico y su gente. No nos conviene meternos…
—¡Ya cállate! Te estoy diciendo que me lleves y me llevas. ¿De dónde sacas tanta habladera? Soy tu hermana, ¿o no me crees? —lo regañó Cecilia, con voz dura.
Benjamín se quedó helado con el tono de Cecilia.
Pero al acordarse de que eran varios, le volvió el miedo.
—Yo no voy. Si quieres ir, ve tú.
—¡Qué miedoso! ¿No vas? Perfecto: entonces le marco a mi mamá para que ella me lleve.
—¡No! —Benjamín la detuvo de inmediato.
Cecilia le había dado justo donde le dolía.
Al final, no le quedó de otra que llevarla.
Llegaron a un bar.
—Ignacio y Federico suelen venir aquí a tomar. Y ese Federico… es pesado en esta zona; tiene mucha influencia por acá. Mucha gente le saca la vuelta. ¿Segura que quieres entrar? —preguntó Benjamín.
Cecilia no contestó. Se metió directo.


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