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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 39

—¿Y yo por qué tendría que decirte? —replicó Benjamín, bien seco.

—Si no me dices, ahorita mismo le marco a mi mamá para que venga a verte así.

Mientras lo decía, Cecilia fingió sacar el celular.

Benjamín se apresuró a agarrarle la muñeca.

—¡No le marques! ¡No le marques! ¡Yo te digo!

Si Marina lo veía en ese estado, seguro se iba a preocupar otra vez.

—Fue… fue el ricachón de la escuela, Ignacio Cabrera. Sin querer lo hice enojar y desde entonces me trae entre ceja y ceja. Encima se juntó con un tipo de la maña, Federico, para que me diera una madriza. No pude con ellos y… y por eso quedé así.

Cuando terminó, Benjamín bajó la cabeza, muerto de vergüenza.

—¿Por eso no te animabas a regresar? ¿Porque te daba miedo que en la casa te vieran así y se preocuparan?

—Sí. —Asintió.

Cecilia lo agarró de la mano.

—Llévame. Vamos a buscarlos.

—No se puede… La familia de Ignacio tiene lana y se lleva pesado con Federico y su gente. No nos conviene meternos…

—¡Ya cállate! Te estoy diciendo que me lleves y me llevas. ¿De dónde sacas tanta habladera? Soy tu hermana, ¿o no me crees? —lo regañó Cecilia, con voz dura.

Benjamín se quedó helado con el tono de Cecilia.

Pero al acordarse de que eran varios, le volvió el miedo.

—Yo no voy. Si quieres ir, ve tú.

—¡Qué miedoso! ¿No vas? Perfecto: entonces le marco a mi mamá para que ella me lleve.

—¡No! —Benjamín la detuvo de inmediato.

Cecilia le había dado justo donde le dolía.

Al final, no le quedó de otra que llevarla.

Llegaron a un bar.

—Ignacio y Federico suelen venir aquí a tomar. Y ese Federico… es pesado en esta zona; tiene mucha influencia por acá. Mucha gente le saca la vuelta. ¿Segura que quieres entrar? —preguntó Benjamín.

Cecilia no contestó. Se metió directo.

Benjamín se quedó sin palabras. Estaba en desventaja; ¿qué iba a decir?

«Hoy sí me van a volver a madrear», pensó.

—Federico, ya que este güey no entiende, hoy sí hay que darle una buena lección —dijo Ignacio, queriendo quedar bien con él.

Federico estaba pelón, y traía tatuajes por toda la cabeza y el cuello, tan cargados que hasta daban cosa.

Los que lo acompañaban también iban tatuados.

Todos miraban como si estuvieran esperando el show.

Federico hizo un gesto con la mano y, al instante, Ignacio se calló.

Federico tomó un trago y miró a Cecilia y a Benjamín.

—¿Y esta morra qué? ¿Qué se supone que es esto? —preguntó.

—Yo… —Benjamín ni sabía qué contestar.

Ignacio soltó la carcajada.

—¡Ja, ja, ja! Federico, yo digo que vino a pedir tregua, y por eso le trajo una mujer de regalo.

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