—¡Adrián, bájala ya!
—¡Adrián, la vas a marear!
—¡Adrián, qué te pasa!
Todos se pusieron nerviosos.
Adrián era alto y fornido; Cecilia en sus brazos parecía un gatito.
Después de varias vueltas, ya traía la cabeza dando tumbos.
El entusiasmo de Adrián… no cualquiera lo aguantaba.
—¿Estás bien, Cici? —preguntó Daniel.
De toda la familia, solo él sabía lo que había detrás de todo eso, y le dolía el alma por ella.
Por un momento creyó que iba a perder a su hermana… por suerte, había vuelto sana y salva.
—Daniel, no te preocupes. Estoy bien… nomás me mareé tantito. —Cecilia se sobó la sien.
—Adrián, la próxima no hagas eso —lo regañó Daniel, fulminándolo con la mirada.
Adrián se rascó la cabeza, apenado.
—Je… es que me dio un chorro de gusto. Tenía un buen sin ver a Ceci.
Todos soltaron un suspiro, resignados.
—Ándale, siéntate a desayunar. Cici, ¿ya comiste? —Teresa la jaló de la mano.
—Todavía no. Me esperé para comer con ustedes.
—¡Rápido, tráiganle cubiertos a Cici! —pidió Marina.
Teresa no le soltaba la mano. En voz baja, le dijo:
—Cici… perdóname. Yo sé que fuiste a rescatar a alguien. Estos días estuve muerta de miedo. Si no regresabas, jamás me lo iba a perdonar.

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