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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 40

—¡No digas mamadas! ¡Es mi hermana! —reventó Benjamín.

—¿Tu hermana? ¡Ja, ja, ja! Entonces nos interesa todavía más. Qué gusto, “hermanita”. Está guapísima… mejor quédate aquí a acompañarnos a los dos —se carcajeó Ignacio.

Para él, Cecilia era una presa que se les había puesto enfrente solita.

Federico se levantó y señaló a Benjamín.

—Tu hermanita se queda. Y tú… hoy te me arrastras aquí mismo y te dejo ir.

—Sí, sí, sí. Que Federico se fije en tu hermana es un honor para ti, Benjamín. Ándale, bájate y arrástrate —le siguió Ignacio, de lambiscón.

—Vámonos… —Benjamín jaló a Cecilia discretamente, queriendo largarse de ahí.

Pero Cecilia ni se movió.

—Yo no me voy.

Benjamín se quedó sin palabras.

—¡Ja, ja, ja! A ver, guapa… ¿te gustó Federico y por eso te vas a quedar con nosotros? —Ignacio se emocionó más.

Cecilia dio unos pasos al frente y plantó un pie sobre la mesa.

—Sí. Hoy me voy a quedar a acompañarlos. Nada más no sé si les alcance… o si les va a quedar grande —dijo, recorriéndolos con una mirada fría.

De golpe, el ambiente cambió. Parecía que ella mandaba ahí.

Federico era de barrio; de inmediato olió que algo no cuadraba, y se le borró la sonrisa. Su cara se puso seria.

En cambio Ignacio seguía de bocón, bien crecido.

Se acercó con la intención de manosear a Cecilia.

—Guapa, tú lo dijiste. Luego no te arrepientas, ¿eh?

Mientras hablaba, estiró la mano para tocarla.

Benjamín se le fue encima y lo empujó.

—¡Nadie toca a mi hermana!

En los ojos de Cecilia pasó un destello de sorpresa.

El chamaco estaba muerto de miedo, pero en cuanto vio que la estaban acosando, se aventó sin pensarlo. Muy de los Galindo.

Ignacio, empujado, se encendió de coraje.

—¡Federico! ¡Revienta a este escuincle! Y al rato a esta vieja… que primero la disfrute Federico.

Federico torció la boca. Todavía ni alcanzaba a moverse contra Benjamín cuando Cecilia, rápida y sin titubear, agarró una botella de cerveza de la mesa y se la estrelló en la cabeza.

¡Pum!

Los que quedaban se retorcían, quejándose por todos lados.

¿Neta… su hermana era así de cabrona?

Al verlos a todos tirados, Benjamín se frotó los ojos, incapaz de creer lo que acababa de ver.

Federico e Ignacio ya estaban asustados.

Federico, a duras penas, se incorporó apoyándose en la pared.

—Tú… tú…

¡Pum!

Otra botella voló y, en cuanto le pegó en la cabeza, se hizo pedazos.

Federico se tambaleó y terminó sentado en el suelo.

Ignacio se arrastró hasta él y lo agarró de la ropa.

—¡Federico! ¡Federico! ¡Márcale a Camilo! ¡Que venga Camilo a encargarse de ella!

¿Don Camilo?

Cecilia entrecerró los ojos.

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